lunes, 1 de septiembre de 2014

LA COLMENA Y EL ZÁNGANO

Viví varios años en Armenia, en una casa grande que era de mis abuelos, casa vieja con un patio amplio de jardines y árboles de guayaba, corredores oscuros y pisos de madera llenos de hendijas por donde se perdían las monedas que sacaba a escondidas de las materas del balcón; mi tío sembraba monedas, mi tío siempre ha tenido toda clase de agüeros. En aquel tiempo, con veinte pesos uno podía comprar varios dulces. Yo desenterraba las monedas, las lavaba y jugaba con ellas, o compraba dulces. Cuando murieron mis abuelos, la casa, que estaba dividida en cuatro, fue repartida entre mi mamá y mi tío; entonces tuvimos que mudarnos a una de las divisiones que pertenecían a mi mamá, una casa en un primer piso, sin árboles, más vieja y descuidada que el resto. Sin materas sembradas de monedas para comprar dulces.

Eran años felices, como los de una niñez cualquiera. En esa época yo admiraba mucho a mi papá. Parecía saberlo todo, parecía un hombre del renacimiento, nos enseñaba idiomas y nos hablaba de ciencia a mí y a mis hermanos. Él siempre lo sabía todo. Aunque mi mamá trabajaba mucho, éramos pobres, pero muy pequeños para saber que lo éramos, y por eso podíamos sentirnos felices. Teníamos una gata negra que mi hermana mayor había recogido en la calle. La llamamos Muncher, por un juego que jugábamos en el computador donde un dinosaurio verde, Super Muncher, tenía que comer palabras. Así aprendíamos inglés. Recuerdo una larga temporada de lluvias, la casa llena de baldes y poncheras para las goteras, la calle de enfrente enlodada y resbaladiza. Por aquel tiempo envenenaron a Muncher; su cuerpo antes ágil y elegante estaba petrificado, los ojos como de vidrio. Mi hermana lloró mucho. Mi papá decidió que debíamos enterrarla en un potrero al lado de la casa; pero la tierra era puro lodo movedizo, y mi papá metió a la gata en el congelador para preservarla, para poder darle un buen entierro cuando dejara de llover. La nevera, que casi siempre estaba vacía, tenía entonces a Muncher en el congelador.

Al fin dejó de llover. Mi papá nos llevó a medianoche, pala en mano, a enterrar el cuerpo; entre todos hicimos un hueco y luego levantamos un pequeño túmulo. Con palos y espartillo armamos una cruz. Luego vendrían más gatos, todos rescatados de la calle. Mi papá parecía saberlo todo y no temerle a nada; en cierta ocasión rescató a una gatica que estaba siendo atacada por el pitbull de unos tipos del barrio que la mamá de un amigo llamaba marihuaneros y satánicos. Oímos a la gatica maullar de dolor, y mi papá salió a la calle, pateó al perro y desafió a los satánicos. Era una gatica rubia y ronca, cubierta de barro, y temblaba. La llamamos Chester.

Varios años después de rescatar a Chester, llegaron las abejas. El potrero de al lado fue remodelado y se hizo de él un parqueadero de buses. Mi papá concluiría más tarde que la alteración del lugar habría llevado a las abejas a hacer un panal que quedó justo encima del techo del cuarto de mi mamá. Primero apareció una abeja solitaria zumbando por los corredores; luego, dos. Luego cinco, y, así, iban creciendo en número sin que supiéramos de dónde salían. No nos atacaban (casi). Sin prestarles mucha atención, fueron haciendo su pequeña colmena en la casa; nos sentábamos a comer o a ver televisión acostumbrados al zumbido. Un día, lleno de curiosidad, cogí una abeja y la corté en tres partes con unas tijeras, separando la cabeza, el torso y el aguijón. Seguía moviéndose, a pesar de todo. Mi mamá me dijo que el cuerpo buscaba a la cabeza, queriendo unirse de nuevo.

Habría tal vez unas treinta abejas dispersas en la casa, caminando por las paredes y el piso, en las camas, volando en espirales, cuando realmente notamos que estaban ahí y que eran un problema. Mi tío dijo que eran de mal agüero, y resolvió rociar insecticida por toda la casa, protegido con una bolsa en la cabeza. Eso funcionó tal vez por una semana. Mi papá era muy indiferente a las abejas, aunque las estudiaba con interés; ya no nos acostábamos todos (él y sus cuatro hijos) en la cama a aprender idiomas sino a aprender sobre abejas. Pasada la semana de tregua después de la fumigación, aparecieron más, y esta vez parecían mucho más hostiles; nos picaban siempre, y mi papá, preocupado, tuvo su primera idea. Anexó un soplete a una pipa de gas y llegó al cuarto de donde salían las abejas (había una abertura estrecha en el techo); cogió las medias veladas de mi mamá y las pegó a un casco de obrero, creando una especie de almete medieval con velo. Entonces llegó el primer ataque a gran escala contra las invasoras. Las rostizaba con una llama de treinta centímetros, y las abejas caían al piso produciendo un sonido como de granizo, soltando un olor a maní tostado y amargo.

El soplete ignívomo solo las detuvo por unos días, pues luego llegaron en un enjambre grande, compacto, furioso. Pero mi papá tuvo otra idea. Con barras de poliestireno y un plástico transparente, armó una caja justo debajo de la grieta que daba al panal mayor. Así encerró a las abejas, que entonces se habían convertido en una masa ruidosa pero inofensiva. Sin embargo, casi inmediatamente después de haber construido la jaula, mi papá decidió hacer un experimento: quitó los mangos a dos cuchillos y los clavó en el plástico; en los otros extremos ató un cable que conectó al tomacorriente. Pasó una jeringa al través de la jaula, una jeringa llena de agua con sal para bañar a las abejas. Entonces esa masa café de insectos ruidosos empezó a electrocutarse. Caían sobre el piso de su jaula en bultos, fulminadas por la electricidad. Era un espectáculo al tiempo maravilloso y grotesco. Mi papá, que había estudiado física y química, había construido también una máquina de exterminio impecablemente eficaz.

Los días pasaban tranquilos, entre la escuela y los juegos de casa con mis hermanos. Mi papá se había impuesto la rutina de fulminar a las abejas de noche, sacar sus cuerpos rostizados en bolsas, y meter las bolsas al congelador (so pretexto de estudiar a las abejas en un futuro). Por algunas semanas compartimos como familia el espectáculo macabro de ver, primero, cómo mi papá, con su casco y su soplete, rostizaba a las abejas (ahumando de paso las paredes), y luego, con una máquina fácil de manejar, las electrocutaba en masa. La gente del barrio admiraba mucho a mi papá por su creatividad, y también por haber rescatado a Chester de una muerte segura en las fauces del pitbull de los marihuaneros.

Pero la naturaleza lleva millones de años empeñada en sobrevivir. Una fuerza antigua late en los animales, y más en los que viven en grandes números: es la voluntad de vivir. Las abejas, y esto lo decía mi papá, forman colmenas fuertes, organizadas, laboriosas. Para erradicarlas por completo sería necesario mucho más que el ingenio de un hombre sin trabajo, un hombre con tiempo de sobra para idear y ejecutar jaulas mortales. Fue un sábado, lo recuerdo bien, cuando me habían dejado solo en casa con mi hermanita menor. Pero yo había salido a la calle, y estaba jugando, cuando vi que de la ventana salían volando las abejas. Volaban rápido, con la furia del animal que se ha liberado de su jaula. Entonces entré a la casa y vi el enjambre; la jaula de icopor estaba en el piso y parte del techo se había venido abajo. Mi hermanita gritaba desde la ducha, horrorizada (estaba sola; tenía seis años). No recuerdo cómo crucé los corredores para sacar a mi hermanita, pero logramos salir, casi sin ser picados. Desde la casa de un vecino llamamos a mi mamá, que, hastiada, llamó a un grupo de fumigadores profesionales. Ellos se encargaron. Tardaron toda una tarde. Al salir, dijeron que nunca habían visto algo semejante. Nos mostraron un panal de catorce o quince paneles; mi papá lo bajó del techo para estudiarlo. Había algunas abejas moribundas en el piso, y una, un poco más grande y oscura, volando aún. La cogí con la mano pero no me hizo nada. Entonces mi mamá me dijo que no era una abeja, sino un zángano, un macho solitario, que no servía de mucho y que era inofensivo. Que era como mi papá.

jueves, 2 de mayo de 2013

OLVIDO



Tengo por costumbre irme a dormir ya entrada la madrugada, nunca antes de las 3. Es entonces cuando transcurren las horas más calmadas para escribir. Hace poco más de un año estaba despierto a esa hora, escribiendo cualquiera de esos pequeños ensayos que no van a dar a ningún lado. El tema era típico: una diatriba contra la contumacia. Allí insistía con prepotencia y –si recuerdo bien– con grosería en que un hombre debe mantener las riendas de su vida hasta el último instante; es decir, debe escoger el día de su muerte antes que esperar a que la vejez y el olvido carcoman sin afán su existencia. El escrito era también una apología del suicidio sereno, sin sensiblería.

Un olor como de basura quemada entró en el apartamento.  Solo me inquietó mucho rato después, cuando oí que golpeaban la puerta. Era una de esas vecinas que uno repudia tanto como para demorar un asunto importante y quedarse en casa hasta que se vaya, no atreviéndose a encontrarla a la entrada y tener que saludarla. Decidí no abrirle. A esa hora es normal estar dormido. Pero su persistencia y sus gritos fueron tales que al fin entreabrí la puerta. Me preguntó si algo se estaba quemando en mi casa. Abrí un poco más la puerta para decirle que no, y entonces vi una humareda de gris claro pero espeso. Bajé hasta el primer piso (yo vivía en el tercero, el edificio era viejo, sin portería ni vigilancia) y vi a través del contorno de la puerta 102 un resplandor anaranjado. Abrí la puerta que da a la calle y vi la hoja de bloc que había pegada por fuera. Era una invitación al funeral de un señor cuyo nombre ya no recuerdo, pero que era decente y amable, y, sobre todo, no disgustaba saludarlo. Era el inquilino del apartamento 102.

El señor (esto lo supe después) era casado y no tenía hijos. Vivía solo con su esposa. La viuda probablemente estaba ahí, encerrada en medio del humo. Un poco preocupado, intenté tumbar la puerta de una patada. Pensé que, como en el cine, la puerta caería al piso estruendosamente y yo entraría triunfante al rescate. Pero no. Era una puerta metálica que ni siquiera se conmovió con el golpe, antes me hizo rebotar contra el piso. En medio de los gritos desagradables y comentarios ridículos de la vecina (mencionó que la anciana se estaba suicidando) llamé a los bomberos. Entretanto, sin aprender la lección, intenté tumbar la puerta embistiéndola con todo mi peso recargado en el hombro. El resultado, obviamente, fue el mismo.

Nunca había llamado a los bomberos. Una mujer con voz de secretaria hace innúmeras preguntas que parecen irrelevantes. Ellos llegaron cinco minutos después y durante un rato no hicieron más que golpear la puerta y llamar a gritos a la señora. Yo les pregunté si tenían un hacha o algo por el estilo para romper la puerta. El que parecía ser comandante me dijo que tenían una sierra que cortaría la puerta en menos de un minuto. También dijo que no podían cortarla sin que alguien se hiciera responsable por los daños; en ese momento los vecinos curiosos voltearon a mirar hacia otro lado. Después de poner mi firma en varios papeles que no leí, los bomberos accedieron a atravesar la puerta con una sierra circular. Entraron; el humo salió como una nube picante, ardía en los ojos, en la nariz, en el paladar. Sacaron a la viuda, una anciana de unos ochenta años, casi inconsciente.

Afuera los bomberos la arroparon y le pusieron una máscara de oxígeno y yo aproveché para entrar al apartamento, donde más que el humo, el olor repelía todo intento de continuar. Había un pequeño incendio en la cocina. Al parecer, la viuda se había quedado dormida mientras preparaba la cena. En la mesa del comedor había dos platos servidos, cada uno con un juego de cubiertos, vasos y servilletas. Salí de inmediato a tomar aire. Entonces la anciana, sentada en una silla, apartando con dedos flacos y débiles su máscara de oxígeno, les dijo a los bomberos que ella era casada, que por favor sacaran también a su esposo.

miércoles, 4 de abril de 2012

TODOS LOS HOMBRES DEL MUNDO

El recuerdo más remoto que tengo de mis innúmeros días es de un campo británico donde la Legión del Capricornio perdió el rumbo y cayó en deshonra. Los hombres pueden perderse de múltiples maneras, pero aquellos erraron bajo el truco de un druida que movió el orbe entero para desorientarlos. El ritual de que se ayudó necesitó un cabrío negro con astas de oro. Yuguló al bruto y lo dispuso con un asta hacia naciente y la otra hacia poniente. Pronunció un encantamiento anterior al bretón, y todos los soldados romanos llegaron por error a una colonia de veteranos, mientras Cayo Suetonio Paulino vencía con diestro mando a los icenos, y causaba la muerte de su líder, Boudicca.

Necesariamente he olvidado importantes fracciones de mi vida. Creo saber que compuse en Bizancio una doctrina sobre las dos almas de Cristo (cosa natural y obvia desde el druidismo) que fue vista con hostilidad por el Concilio de Éfeso. Destruyeron mis obras y me relegaron al desierto. Muchos años después, un autor griego fue increpado por incurrir en mi verdad.

También estuve en la corte de Hungría, diseñando mecanismos de avancarga apropiados para los mosqueteros de Bethlen Gábor, que fue el más majestuoso príncipe de Transilvania. No conocimos la victoria. Nos mordió el acero lunado de los otomanos y nos cubrió la tiniebla que proyectó por un milenio el gran cuerpo Habsburgo, donde nunca se ponía el sol.

En Estambul, junto a una tienda plena de té de Indostán y otras raíces inusuales, el sabio Mulla Abu Bakr Effendi[1] señaló las estrellas para explicarme por qué he sido y seré tantos y tan diversos hombres. Una conjunción astral, que más tuvo de caprichosa que de geométrica –aunque la geometría es un capricho del intelecto– y que no fue tan digna de estudio como la de Bomarzo, resultó en que la muerte fuese para mí una simple transmutación. Esta doctrina la conocieron los druidas que murieron bajo Cayo Suetonio Paulino, para convertirse luego en Cayo Suetonio Paulino y sus soldados. El alma vencida transmuta en el cuerpo del homicida. No es difícil conjeturar que yo fui el druida que confundió a la Legión del Capricornio.

Schopenhauer fabricó los mismos postulados: tuvo a todos los hombres por uno solo y al individuo por fenómeno aparente, ilusión. Él bebió su teoría en los Upaniṣad; nadie ignora que el dios arquero Arjuna Krishna fue un ser múltiple, capaz de asesinar a quien él fuera antes o habría de ser más tarde.

Como colofón está la teosofía de Swedenborg, donde las almas fecundadas con la gloria han de integrar el hombre máximo.

Es fácil descreer de estas palabras. Los hombres se ufanan de ser quienes son. Yo, que he sido usted (y otros tantos) he aprendido a aceptarlo.


[1] Hay que recordar que esto es inverosímil. Mulla Effendi jamás salió de Iraq, y escasamente de su pueblo natal. Si no me engaño, Schopenhauer no había sido vertido al kurdo en aquellos días, y me atrevo a pensar que habría escandalizado a Effendi.

jueves, 16 de febrero de 2012

EL COMANDANTE MORGAN

La última vez que vi a mi tío Arturo estaba en la sala de la casa de reposo. Ya no apestaba a ácaros ni tenía manchas amarillas en la ropa. Llenaba mejor que nunca su pantalón de pana y su camisa de cuadros, con el bolsillo a punto de romperse por el peso de varios lapiceros gastados.

―¿Qué estás escribiendo, tío?

―Nada, mijo. No me han traído mis cuadernos. Mi madrastra me tiene muy perjudicado.

Hablaba con la mirada perdida. Perdida en Bogotá, en su cuartico lleno de libros sobre temas dispares: aperturas de ajedrez, manuales de esperanto, una breve historia de bebidas estimulantes, la antología griega de los curas Hernández y Restrepo descosida y horadada por el tiempo, enciclopedias incompletas...

―Mijito, ¿por qué no me traes tú mis cuadernos?

El tío Arturo tenía más de cien cuadernos que en sesenta años le sirvieron de poemarios, tratados de filosofía, teología, química, ciencia aeroespacial, robótica, música, política... ¿Sigo? ―Sígase sumercé― ¡Ah boyacos malhablados! Sigo: arquitectura, psicología, botánica, física clásica, física cuántica, aeromodelismo... También anotaba allí con minuciosidad leguleya los eventos de su vida. Por ejemplo:

«Viernes, pseudo 1 de diciembre de 1995

9:00 a.m. Micción matutina: escasa.

9:45 a.m. Tomé un vaso de jugo de tomate de árbol con media hogaza de pan integral.

12:42 p.m. MARÍA SATANASA me obliga a cortarme el pelo y afeitarme. No va a darme mis semanas si no voy a la peluquería. ¡¡¡PUTA!!! Diablo cacorro, esto es obra tuya. ¿Por qué eres tan marica, diablo homosexual? ¿Te molesta que yo sea más viril? Yo soy el Cristo de Marte y voy a proceder como tal.

3:03 p.m. Trataron de arrancarme hasta el último bulbo capilar. Madrastra lesbiana, moza-de-hija que se ayunta con mis hermanastras. Se confabuló con María Asesina y la otra arepera del Opus Dei. LESBIANAS.

6:20 p.m. Acabo de tocar la “Marcha Turca”. Falsamente atribuida a Mozart, la compuse en pseudo 1978 en la casa de La Camelia durante mi reclusión voluntaria.

11:12 p.m. Dos vasos de jugo de tomate de árbol + una hogaza de pan integral.»

Tenía su cuerpo frente a mí pero su boca pronunciaba cada palabra por interpósita persona. No estaba ahí, conmigo, sino a treinta kilómetros, cuidando los cuadernos que abarcaban más de medio siglo de vida. Su vida misma. Había en esa colección variopinta de escritos más de él que en ese cuerpito jorobado de ojos bien abiertos pero ausentes.

―Tío, aquí no tenés espacio para tantos cuadernos. Hace un mes te trajeron un bloc. ―Los dedos empezaron a teclear sobre sus rodillas.

―¿Y el piano, mijo? ¿Me pueden traer el piano?

―Te lo daña algún hijueputa loco.

Nunca había visto al tío tan grueso de carnes, por decirlo de alguna manera, porque en realidad seguía siendo flaco, pero no a lo Don Quijote, como cuando vivía con mis papás.

Vivió diez años con mis papás, en Manizales, en una casa decente de un barrio respetable y en la pobreza más triste. Con las exiguas “semanas” que le enviaba mi abuela desde Bogotá para sus cigarrillos, tintos, libracos y confites, comían mi mamá, mi papá, él y un grupo de amigos: malos poetas y falsos bohemios. Pero, ¿poetas buenos? ¿Bohemios genuinos? Todos son haraganes y ninguno sabe nada. Y no solo comían esos miserables sino que fumaban y tenían hasta para tinto y libros. La ralea de mediocres que visitaba la casa robaba mercado de la suya propia a fin de armar el almuerzo: uno llevaba fríjoles; otro, arroz; otro, aceite; todos llevaban hambre y rara vez llevaban proteína animal.

Por esa época (años ochenta) Arturo Dei Einstein (como se hacía llamar), alias Comandante Morgan (como también se hacía llamar), presidía las reuniones de intelectuales manizaleños. Era el presidente y fundador de la Real Cofradía de las Águilas Imperiales. A las seis de la mañana tocaba la trompeta y requería el saludo de sus subordinados, que ellos hacían con reverendo respeto. Es imposible que uno sirva para algo cuando es fruto del vil concúbito de un par de güevones que saludan a un Locomandante Morgan. Pero esa es la suerte que me tocó en suerte.

―Tío, ¿te acordás de cuando vivías en La Camelia con mis papás y el ejército y la policía les hicieron una redada?

―Sí. Entraron por el patio, haz de cuenta unos cascos avanzando. Dijeron que éramos una célula revolucionaria. Yo les dije que éramos un embrión contrarrevolucionario. Exigí respeto. Yo creo que esos no eran soldados auténticos bajo mi mando sino revolucionarios disfrazados. El ladrón juzga por su condición y los revolucionarios son ladrones. ¿Por qué me preguntas?

―Me dio por acordarme.

Allanar significa aplanar, volver llano. Lo de la casa de La Camelia en Manizales no fue un allanamiento porque allá todo es montañoso y faldudo: se rueda hasta un chicle. Tierra de montañas contumaces que persisten en todos los errores conocidos, el de Eutiques y el de Nestorio incluidos, ahí por poco se bajan a mi tío y sus cofrades. No sé por qué los militares no abrieron fuego. Ah no, sí sé. Eran otros tiempos. Hoy los soldaditos harían pasar a su madrecita por guerrillera o falso positivo para irse de vacaciones a paseíto con puticas, pero los de illo témpore no mataron a mis papás y por eso estoy en este cuento.

Yo sí habría matado a los padres de cualquier soldadito, guerrillero, paramilitar, sicario, y en general de cualquier persona capaz de matar. De esto se concluye que habría matado a mi mamá por parir a un asesino de paridoras de asesinos.

En diciembre de 1986 las explosiones controladas sacudían la quietud nocturna en la casa de La Camelia. Mi papá no tenía para comprar voladores ni volcanes, pero intentó fabricar pirotecnia con pólvora negra, aluminio, azufre, glicerina, y otra cantidad de químicos que guardaba en la alacena, en frascos de salsa de tomate y en latas de leche en polvo. ¿Cómo es que tenía para químicos y no para comida ni voladores ni volcanes? Sabrá el putas.

―Casi se los lleva el putas en ese operativo tío.

―Pero yo me impuse. Oíste mijo, ¿no me pueden traer una paca de cigarrillos? Ya no me dejan salir hasta la tienda. Mijo, ¿verdad que soy el Cristo Marciano?

―Sí tío.

Autoproclamado Cristo de Marte desde los diecisiete años cuando se le horneó el cerebro, también decía ser Dios y Espíritu Santo. A veces se confundía y le rezaba al Padre, que era él mismo. El misterio de la Trinidad es la crisis de múltiples personalidades del hijo bobo de un carpintero. Un adolescente al que le faltaron sus buenas nalgadas.

Cuando los soldaditos entraron por el patio vieron un túnel cavado en dirección al batallón, que no estaba tan lejos. Vieron los químicos camuflados en recipientes de comida. Vieron explosivos. Vieron los planos de la ciudad con cruces rojas en puntos estratégicos. Sobre todo vieron al Comandante Morgan vistiendo una chaqueta gris constelada de insignias militares, trompeta en mano, luciendo una grosera barba tipo Fidel Castro.

¿Por qué armaron un operativo de semejante envergadura contra una saludable congregación de cofrades, que si mucho estarían locos y que, en el peor de los casos, no serían más que poetastros y holgazanes? Porque los vecinos se alarmaron al oír explosiones. Por el saludo al Comandante a las seis de la mañana a voz de trompeta. Con qué recurso retórico logró mi papá persuadir a los soldaditos de que mi tío era esquizofrénico, que el túnel del patio era tan solo una zanja donde ensayaba la pirotecnia sin riesgos, que los planos eran material del Ministerio de Transportes que le había encargado la instalación de espejos deflectores en determinados lugares, con qué recurso retórico los convenció de lo contrario a lo que sus ojos veían, eso solo lo sabe el de arriba. El que mencioné arriba: el putas.

―Oíste Constantinito, aquí me tienen malcomiendo. Toda la comida sabe a lo mismo: a arroz. La sopa sabe a arroz, la verdura sabe a arroz, la carne sabe a arroz.

―¡No fregués! ¿Y a qué sabe el arroz de aquí?

―A arroz. Hasta el postre sabe a arroz.

―No sabía que te daban postre. ¿Qué te dieron hoy?

―Arroz con leche. Mijito, ¿verdad que yo inventé las obleas de arroz?

―Sí.

―¿Y el té de arroz?

―Sí tío.

―Fijate que ayer dizque se fue la luz. Me están hostigando los necro-maniacos de la Cruz Roja. Me sabotearon las conversaciones con el presidente.

―Muchos hijueputas.

―¿Verdad que instalé en Bogotá plantas que funcionan con pila eterna?

―Sí. Y por el acueducto corre aire líquido.

Pilas eternas, aire líquido, cerebros de bolsillo; el sistema dodecafónico (falsamente atribuido a Schönberg), las canciones de Sadel, las composiciones de Mozart; la defensa Pirc, la apertura Barça, la variante Averbakh; todo eso e infinitud de cosas eran obra suya, aunque el diablo había intervenido más de una vez para darle crédito a algún bellaco sin méritos, como era el caso de Mozart.

¿Cómo podía irse el agua si el aire líquido es prácticamente inagotable? ¿Y la luz, habiendo pilas eternas por todas partes? Una compleja telaraña de espías al servicio de gobiernos despóticos que a su vez servían al diablo hacían lo posible por imposibilitarle la vida. Sus conversaciones con el presidente ocurrían a través del radio: él oía la arenga presidencial y cuando creía oportuno hablar, bajaba todo el volumen y daba órdenes: «Álvaro, Colombia no es un país pobre. Estamos recibiendo pensiones árabes por cuenta de mi amistad con el Imán. ¿Cómo? No seas bellaco que las FARC ya no existen: los robots las exterminaron. ¿Querés que te mande al sol, Alvarito? Tenés veinticuatro horas para retractarte de tus desaciertos.»

―Vení tío, vamos al centro comercial a tomar tinto que el de aquí sabe a trapo.

―Mirá esa nenita tan hermosa. Mirale esas tetas. Como para orinárselas. ¿La mandamos a producir a Colanta? Oíste Tinito, está hasta sabrosito el tinto. Oíste mijo, quiero volver al cuartel.

―¿Cuál cuartel? ¿Tu cuarto?

―Sí, para escribir mis diarios. Tengo en mente unos alicates hidráulicos, una pistola de taquiones, un proyector de alucinaciones... Mijo, ¿en estos momentos estoy siendo alucinado?

―Sí tío.

―¿Quién me está alucinando? ¿Tú, o Jorge, tu papá?

―Ambos.

―Espero entonces recobrar mi corporeidad real.

Todos sabemos que Da Vinci, el personaje tostado de los libros de Dan Brown, es el prototipo de homo universalis venerado por el vulgo ignaro. Artista mediocre y científico zafado, se le reconoce sin embargo su visión, su imaginación desbordada, con que anticipó cientos de utilísimos inventos como el tanque de guerra. Pero comparado con el tío Arturo no es más que un panadero florentino. Un hombre de intereses estrechos pues no hay ciencia, arte o disciplina que no le sea familiar a Arturo Dei Einstein. ¿Que lo de la pila eterna es pura paja? Por ahora, como lo fue otrora el tanque de guerra. ¿Que viola la primera ley de la termodinámica? Hombre, a mí no me pregunte que de eso no sé nada. Le recomiendo interrogar los libros, como decía Borges.

―Sabes mijito que también están tratando de envenenarme...

―No hagas caso tío. ―Lo cierto es que le daban fuertes dosis de hipnóticos y tranquilizantes que le estropeaban la brillantez y lo dejaban como un pelele. El Da Vinci Trismegisto vuelto un pelele.

―Me sirvieron fresas con semen. No me voy a comer esas porquerías. ¿Me meto al ataúd de una vez para ahorrarles dolores de cabeza?

―¿No serían fresas con crema? Pero metete más bien al sarcófago.

―Mañana me meto al sarcófago. ¿A qué estamos hoy?

―Febrero 18 de 2009.

―Pseudo febrero 18 de 2009. ¿Y cuándo es la navidad del 2000?

―Muy pronto tío. Para que goces al fin de la presencia de Dios por la eternidad.

―Ojalá. Estoy cansado de comer arroz. No tengo nada para leer aquí. En este campo de exterminio nadie lee nada.

―Voy a traerte algunos libros y los cuadernos. ¿Querés una arepita con queso, tío?

―Sí, pero no, sin semen, ten la bondad.

―¿Y qué querés leer?

―¿No tenés unas revisticas pornográficas? Quiero El Quijote en la edición de la Academia.

―Dejá de leer esas pendejadas que terminás volviéndote loco.

―Loco no, cuerdo. ¿Y si me traes La fiesta del chivo?

―¿Esas seiscientas páginas estúpidas? Te traigo Tirano Banderas, la novela de tierra caliente quintaesenciada. Un libro breve de lo que se dice breve con brevas.

―Bueno. Y alguito de Fernando Vallejo.

―¡Cuál Fernando Vallejo! Ese es un viejo cacorro que dice ser vegetariano mientras se la pasa comiendo culito. Culito rosadito. Para esa gracia te lees a Schopenhauer que es lo mismo sin la hijueputiadera paisa. Donde dice Hegel léase García Márquez y donde dice Alemania léase Colombia. Por lo demás, la vida es sufrimiento, la existencia un sinsentido, los animales seres nobles y la música el arte cumbre. ¡Qué original!

A propósito de música quiero recordar a Beethoven: O Freunde, nicht diese Töne. Nos conjuraste el pesimismo con la mejor sinfonía de todas que es también lo mejor que ha hecho el homínido durante doscientos mil años de torpezas. Pero tú no eras un homínido. ¡Ay! ¡Si supieras que tu Novena Sinfonía es el himno de la Europa grosera, ignorante y desapasionada! Esa Europa idiota que solo es superada en vileza por América y Asia y África y Australia.

La tarde se nos fue en un diálogo como los de siempre. Un entremés inverosímil en que mi tío iba recuperando la lucidez según la droga dejaba de afofarle el cerebro.

―¿Y qué hay de Jorgito?

―Bien tío, por no preocuparte. Le pasó lo de Pitas Payas, que era pintor en Bretaña. Mi mamá se fue con un ingeniero.

Con renovada lucidez empezó a tocar su arreglo para piano de la “Marcha por la ceremonia de los turcos”, falsamente atribuida a Lully. La tocó con supremo virtuosismo sobre la mesa del restaurante. Le brillaban los ojos.

Aterrada, con el invariable gesto estúpido que jamás ha de borrarse de su cara, la gentuza nos miraba sin quitarnos los ojos de encima. ¿Nunca han visto a un pianista? Al individuo de hábitos heredados y conducta corriente debe de parecerle sospechoso y hasta peligroso todo lo que supere la ramplona monotonía. Como no sean las carcajadas malsonantes de universitarios u oficinistas que orinan cerveza mientras hablan de política para luego comer fritanga e irse a pichar a hoteluchos, a la caterva, a la canaille, no le cabe en la cabeza otra forma de ser.

Un grupo de adolescentes que pronto habrían de adherirse a la masa laboral colombiana que es el gluten de la humanidad llamaban Satanás a mi tío. Le habían dado ese apodo cuando vivíamos con mi abuela María Helena en un apartamento en Bogotá. Recuerdo que un día llegó sudando y despeinado: los hijueputicas habían hecho burlas a costa suya y hasta lo habían empujado. ¡No haber tenido el rifle Colt M4 Carbine para dejarlos como un colador! Desde entonces hice guardia en la ventana que daba al parque armado con un riflecito de aire comprimido para dispararles bolas de arcilla muy ligeras pero que siguiendo una antigua fórmula eran efectivas con óptima aceleración. ¡Tas! En el culo a ese cacorrito. ¡Taque! En toda la cabeza a esotro rolo triplehijueputa.

Nadie nos oyó conversar en la unánime noche. Una lloviznita indecisa mojaba el pastico lo más de sabroso.

―Mijo, quiero volver al cuartel. Yo puedo portarme bien.

¡Y con qué gusto lo habría llevado de vuelta! Rompía mi aburrimiento vital y empujaba a mi abuela al abismo de la locura. Pero los niños huían de él cuando se les acercaba a regalarles dulces y a presentarse como su Dios. Los jóvenes lo sofocaban y le escupían los insultos más groseros. Mi abuela seguía chantajeándolo para que se afeitara y motilara, lo sedaba subrepticiamente, le impedía tocar trompeta y lo obligaba a comer a “horarios decentes”, frustrándole su dieta de pan y jugo de tomate. Yo te hubiera llevado a Bogotá, tío, oponiéndome a la opinión de cuanto psiquiatra demente quisiera retenerte. Pero no habrías sido más feliz.

Me despedí de él y sentí una fracción ínfima de su desgracia, esa suma de padecimientos atroces que su familia y la sociedad nunca se interesaron por aliviarle en más de sesenta años. Pero no vamos a ponernos sentimentales: no vamos a decir que un loco vale más que toda la sociedad “cuerda” y que es esta quien merece reclusión, sedación y tratamientos.

Entré al apartamento como sin ganas de nada. En su cuarto vi los carritos, los aeromodelos, las insignias militares, los naipes, el ajedrez magnético, el de madera, el de cristal, la selecta biblioteca... todo olía a ácaros pero ese olor ya no me disgustaba. Uno a uno reuní sus cuadernos. Luego los libros indicados. Luego puse a un lado el ajedrez de madera con el propósito de jugar con él una partida la próxima semana, que nunca ocurrió.

lunes, 23 de enero de 2012

BORGES EN LA MUERTE

El místico sueco Emanuel Swedenborg narra la suerte del teólogo Philipp Melanchthon, que, empeñado en defender por escrito la doctrina de la sola fide (para la salvación basta la fe), sin mencionar la caridad, no alcanza nunca la gloria de Dios. Un remoto pasaje de Arcana Cœlestia registra la desgracia del teólogo en la muerte que, soberbio, niega la caridad y desciende al servicio de los demonios. Esta historia –nos dice Swedenborg– se la refirieron los ángeles. Borges la incluye en su Antología de la literatura fantástica (p. 398) y en su Historia universal de la infamia (Obras Completas, I, 397).

Borges le inventó un destino análogo a Baltasar Gracián (id., II, 301). Su pecado no es falta de caridad sino mala poesía. Esta acusación aparece en el poema dedicado al escritor barroco: “A las claras estrellas orientales / que palidecen en la vasta aurora / apodó con palabra pecadora / gallinas de los campos celestiales”. (La misma acusación aparece antes en Las “Kenningar”, I, 440). Los laberintos, las metáforas y las argucias –dice Borges– llenan la mente de Gracián y le impiden ver la importancia de Homero y de Virgilio; por amor a tanta fruslería le es negada la gloria, y aun después de muerto seguirá resolviendo en la memoria su repertorio de laberintos, retruécanos y emblemas, tal como el teólogo seguirá propugnando la sola fide.

Evito defender a Gracián por dos motivos: su obra es considerada clásica y le sobran defensores, harto más capaces que yo; y las faltas que Borges le atribuye son exactamente las mismas que encontramos en él, en el Borges que recurre a metáforas conocidas: el río del tiempo, la noche unánime, el universo como divinidad... el mismo Borges fabricante de laberintos; venerador, igual que Gracián, de las astucias (las de Martín Fierro, las del cuchillero Muraña). Si imaginamos a Borges en la muerte, como hizo él con Gracián y Swedenborg con Melanchthon, podemos verlo repitiendo un verso de Dante, así como Gracián hubiera repetido un verso de Marino; o perplejo ante la filosofía de Schopenhauer (que admiró a Gracián y lo tradujo al alemán); o perdido en un jardín de senderos que se bifurcan para redescubrir que el laberinto más terrible consta de una sola línea recta, y que un desierto puede ser también un laberinto espantoso.

He pensado que un cambio mínimo en esta estrofa del poema a Gracián sirve para volverla en contra de Borges: “Tan ignorante del amor divino / como del otro que en las bocas arde / lo sorprendió la pálida una tarde / leyendo las estrofas del Marino”. Borges era ciego y no podía leer, pero pudo haber muerto recordando una estrofa de Shakespeare, o aun esta que tanto le gustaba, del mismo Marino: púrpura del jardín, pompa del prado, gema de primavera, ojo de abril. Pero de ahí no debemos conjeturar que Borges no vio la gloria. La literatura es, en el fondo, una profesión de suma vanidad, cuyas eminencias no bastan para la gloria, ni sus defectos merecen el castigo. Lo mismo se puede decir de todos los actos y todas las profesiones humanas.

Irónicamente, Fernando Vallejo lo acusó de no haber tenido nunca una palabra de amor o compasión hacia los animales. Esta acusación es sin duda infantil, aunque no menos que la omisión de la caridad en Melanchthon o el olvido de Virgilio en las obras de Gracián. Un escritor no puede tratar todos los asuntos para dar gusto a la plural audiencia. Y es mejor que no lo haga, pues ya decía Gracián: “es plaga de hombres universales por querer estar en todo, estar en nada. La intensión da eminencia, y heroica si en materia sublime” (Oráculo..., §27).