lunes, 6 de junio de 2016

LA OTRA CARA DEL ACOSO



Cada semana recibimos una buena dosis de denuncias sobre el acoso del que son víctimas las mujeres por parte de hombres en este país que tiene tantos asuntos sociales pendientes por resolver. Un bufonesco director técnico pierde su empleo y su dignidad, y con toda razón, por agredir a su amante. Un futbolista que es todo risas y bailes resulta ser un gandul que golpea a su esposa. Afuera, donde se supone que las cosas van un poco mejor, el mismo Johnny Depp, sex symbol inveterado, acabó por ganarse el justificado desprecio del público por maltratar a su exesposa. Todo esto es condenable. Tanto aquí como allá. Pero, ¿qué hay del acoso de las mujeres hacia los hombres? ¿De la violencia sexual, física y psicológica que ejercen miles de mujeres sobre su pareja, sus amigos, conocidos y aun desconocidos?

A raíz del incidente reciente en el metro de Medellín, que implica la declaración de un youtuber local de haber sido manoseado por una mujer, decidí que ya va siendo hora de hablar del tema. Y no es nada fácil. Empezando porque ¿cómo se denuncia algo que no existe en el imaginario común? Pese a lo grave del acoso a las mujeres, al menos ese sí es visible. Tiene nombre, es un problema atacable. Pero el acoso femenino parece impensable, máxime en una sociedad tan machista donde se supone que el hombre siempre está dispuesto al sexo con otra mujer; donde rechazar a una joven bonita es equivalente a ser un marica –porque la homofobia también cunde–, y donde se es más varón cuantas más mujeres se puedan llevar a la cama.

También cabe mencionar que no hay ninguna solidaridad del lado de nuestros congéneres masculinos. Al relatar episodios de acoso que me han sucedido, algunos amigos han insinuado que estoy alardeando: «pobrecito», «tan sufrido usted», «ya quisiera yo que me acosaran así», etc. Es la misma clase de respuestas que vemos en los foros de Internet, donde se comentan las noticias de profesoras –muchas veces atractivas– que violan a sus estudiantes hombres. Pocos se detienen a pensar que la atención no solicitada, la persistencia, las fotos, las llamadas, la vigilancia, el contacto físico y demás, constituyen una violación desagradable de la privacidad, una intranquilidad mental difícil de sobrellevar, y, en ocasiones, pueden costarle a uno aquello que más quiere, como una relación, un empleo o aun la propia salud mental.

El acoso de su jefe, una profesional atractiva y prestigiosa, le costó a mi amigo Felipe, un bisoño publicista promediando los treinta, su empleo y su tranquilidad durante un buen tiempo. Esta mujer empezó por privilegiarlo por encima de compañeros con más larga trayectoria y talento. De paso le logró una malquerencia de los demás. La cosa era muy obvia para todos: ese tipo le está haciendo la vuelta a la jefe para aventajarse en su carrera profesional. ¿Qué otra cosa era pensable? El caso es que ella era quien lo acosaba, creaba situaciones incómodas, queriendo propiciar el romance: planear un viaje de negocios solo con él y reservar una sola habitación de hotel, de cuya ducha ella salía siempre desnuda, para vestirse lentamente frente a él, con movimientos seductores. Hacer que de algún modo cada proyecto de Felipe requiriera su supervisión directa; en fin, volver su trabajo dependiente de la voluntad de una jefe acosadora que no paraba de insinuarse. El asunto terminó mal cuando ella no vio una respuesta afirmativa por parte del subalterno. Herida en su orgullo, empezó a obstaculizarlo, aburrirlo y degradarlo, hasta que él tuvo que renunciar, con la doble infamia del desempleo y el rencor de los demás que siempre creyeron que él se acostaba con la jefe.

Otros dos amigos han sido víctimas de acoso por parte de una misma mujer. Una mujer que sería considerada muy atractiva, cuyo acoso muchos incautos tildarían de deseable, hasta vivir en carne propia el absurdo infierno que puede surgir. Con ambos siguió el mismo modus operandi: empezó a hablarles por Twitter, consiguió sus cuentas de Facebook e Instagram, así como sus números de celular, y de algún modo se convenció a sí misma –sin siquiera haberlos visto en persona– de que ellos eran su pareja; les hablaba como si fueran esposos, con «te amo», «cariño» y demás, pero también con reclamos, mensajes de voz amenazantes, difamación en las redes, e, incluso, llegando al punto de escribirles a todas las mujeres con quienes ellos interactuaban. Les decía a las amigas, hermanas, conocidas y demás, que no se metieran en su relación. Que ellos se amaban. Con la pequeña salvedad de que si acaso habrían hablado algunas veces por chat, no se conocían, y los tipos estaban profundamente fastidiados y asustados, habiéndole pedido a esta mujer que desistiera de su acoso, que buscara ayuda, que no jodiera más. Pero ella insistía. Los persiguió durante meses. No descansó hasta difamar de ellos en público, sabotear sus relaciones personales, llamar a sus lugares de trabajo, tildarlos de maricas, y un sinfín de locuras más, la siguiente más descabellada que la anterior, hasta que un buen día se cansó.

Yo he pasado por cosas similares. En lo que va del año ya he recibido un acoso semejante en dos ocasiones. Uno no sabe cómo defenderse. Tanto hombres como mujeres se ríen de que uno tema por su privacidad y tranquilidad cuando una mujer averigua dónde vive, y empieza a acechar. ¿Qué es lo peor que puede pasar? A mí una desconocida tuitera empezó a dejarme regalos en la portería de mi edificio. Aunque le pedí que dejara de hacerlo, lo hizo unas tres veces más. Esto me trajo problemas y discusiones muy airadas con mi novia de aquel entonces, quien, entendiblemente poco solidaria, no me creía que una mujer pudiera hacer algo así. «Algo le habrás dicho», gritaba. «Es imposible que haya conseguido tu dirección», me reclamaba. Y no era imposible. Como no lo era que otra mujer me enviara mensajes sexuales por chat y fotos no solicitadas de su cuerpo. Cuando mi novia se enteró, la pelea fue desastrosa; de algún modo había concedido que era posible que una acosadora consiguiera mi dirección, pero ¿que alguien me enviara fotos de sus pechos así como así? Eso ya era demasiado. El hombre siempre es el culpable. El hombre es el que busca, el hombre incita. ¿Cómo puede ser víctima ese ser que vive dispuesto al sexo con todas, que jamás rechazaría ver un cuerpo atractivo en plena desnudez?

La lista es bastante larga. A un pariente cercano, la acosadora le volteó la situación y él perdió su empleo en una tarde infamante, saliendo de su lugar de trabajo escoltado por varios policías. ¿Quién iba a creerle que él era la víctima de acoso por parte de una subordinada? También yo viví un episodio muy doloroso para referirlo aquí, que involucra a una mujer que intentó accederme físicamente varias veces. Mi condición era vulnerable, demasiado frágil como para defenderme. Era imposible pedir ayuda. Algún día lo contaré en detalle, pero la cicatriz aún no cierra. El punto es que jamás me he atrevido a hablar de eso, con la mezcla de vergüenza e impotencia que acarrea tocar un tema invisible para nuestra sociedad. Y no es que busque opacar el acoso a las mujeres al poner este tema sobre la mesa. Al contrario. Pienso que hablar de ambos tipos de acoso puede ser muy saludable; no deben ser temas rivales, sino complementarios. La raíz de muchas de nuestras enfermedades sociales está en la falta de empatía. Conocer el dolor y la angustia de los hombres que son víctimas del acoso femenino podría crear solidaridad por parte de ambos géneros, y traer la empatía necesaria para entender aquello por lo que también pasan muchas mujeres que de igual modo son acosadas. Ya va siendo hora de hablar del tema. No hay muchos estudios al respecto, como tampoco notas periodísticas, pero es claro que el problema está ahí, y para miles de hombres puede significar la destrucción de toda una vida, la aparición de traumas que se incrustan en el cerebro y nunca se van; el miedo por la seguridad propia, la pérdida de confianza en el otro sexo, las pesadillas, la vergüenza, el silencio autoimpuesto. Quiero invitar a que pensemos este tema desde otro enfoque, allende el machismo y la falta de empatía. Quiero invitar también a que hablemos del problema, que quienes hayan sido víctimas cuenten sus historias y contribuyan a hacer visible esto que convive con nosotros.

sábado, 13 de febrero de 2016

Un lugar adónde volver



El olor a champú Johnson’s Baby, las pompas de jabón que flotaban –y algunas salían por entre los paneles de la ventana y se iban lejos, el viento las sacudía, se ponían transparentes y al fin estallaban–... hacía las pompas con el tubo de cartón del papel higiénico. Así quedaban más grandes. Pero eso fue después. ¿Qué era lo que hacía antes? Tratar de volar. Con una toalla en los hombros, como Superman. A veces creía que alcanzaba a volar un poco. Y, por la noche, me dolían las piernas.

También comía hormigas. Las veía andar en fila, cargando granos de azúcar o pedazos de hojas. Cogía una y me la metía a la boca. Pero en el suelo había rendijas y alcanzaba a ver monedas. Soñaba con poder levantar las tablas y encontrar todas las monedas que hubiera sobre ese suelo de tierra. En el apartamento de al lado tenían un caballo. Mi papá una vez le dio un plátano verde entero; sin cocinar, sin partir.

El balcón tenía unas barandas anaranjadas. La de más arriba era mucho más gruesa que las de abajo. En ella quedaban colgadas las gotas de lluvia, por la tarde. Yo pasaba la mano rápido y quedaba untado de agua; y esa agua olía a metal. Había unos cables de luz con unos rollos grandes en las puntas. Estaba seguro de que con solo tocarlos podría electrocutarme y morir. ¿Los habré tocado alguna vez? Abajo tenían una perra, que se llamaba Lulú. ¡Cómo ladraba! La veía desde el patio. Si no lo recuerdo ahora temo perderlo para siempre. En el patio había un árbol de guayabas; mi hermana peló una vez parte de la corteza para escribir algo. ¿O para dibujar un corazón? La regañaron fuertemente. El sol era del color que describe Lampedusa en El Gatopardo, en una de las primeras páginas. A veces había guayabas en el suelo. Algunas maduras, pero la mayoría, pequeñas y verdes. Comía las que hubiera, en todo caso.

¿He vivido todos estos años sin pensar, sin sentir? Olvidar la infancia es imperdonable. ¿Debo inventarme una para tener un lugar adónde volver?

lunes, 1 de septiembre de 2014

LA COLMENA Y EL ZÁNGANO

Viví varios años en Armenia, en una casa grande que era de mis abuelos, casa vieja con un patio amplio de jardines y árboles de guayaba, corredores oscuros y pisos de madera llenos de hendijas por donde se perdían las monedas que sacaba a escondidas de las materas del balcón; mi tío sembraba monedas, mi tío siempre ha tenido toda clase de agüeros. En aquel tiempo, con veinte pesos uno podía comprar varios dulces. Yo desenterraba las monedas, las lavaba y jugaba con ellas, o compraba dulces. Cuando murieron mis abuelos, la casa, que estaba dividida en cuatro, fue repartida entre mi mamá y mi tío; entonces tuvimos que mudarnos a una de las divisiones que pertenecían a mi mamá, una casa en un primer piso, sin árboles, más vieja y descuidada que el resto. Sin materas sembradas de monedas para comprar dulces.

Eran años felices, como los de una niñez cualquiera. En esa época yo admiraba mucho a mi papá. Parecía saberlo todo, parecía un hombre del Renacimiento, nos enseñaba idiomas y nos hablaba de ciencia a mí y a mis hermanos. Él siempre lo sabía todo. Aunque mi mamá trabajaba mucho, éramos pobres, pero muy pequeños para saber que lo éramos, y por eso podíamos sentirnos felices. Teníamos una gata negra que mi hermana mayor había recogido en la calle. La llamamos Muncher, por un juego que jugábamos en el computador donde un dinosaurio verde, Super Muncher, tenía que comer palabras. Así aprendíamos inglés. Recuerdo una larga temporada de lluvias, la casa llena de baldes y poncheras para las goteras, la calle de enfrente enlodada y resbaladiza. Por aquel tiempo envenenaron a Muncher; su cuerpo antes ágil y elegante estaba petrificado, los ojos como de vidrio. Mi hermana lloró mucho. Mi papá decidió que debíamos enterrarla en un potrero al lado de la casa; pero la tierra era puro lodo movedizo, y mi papá metió a la gata en el congelador para preservarla, para poder darle un buen entierro cuando dejara de llover. La nevera, que casi siempre estaba vacía, tenía entonces a Muncher en el congelador.

Al fin dejó de llover. Mi papá nos llevó a medianoche, pala en mano, a enterrar el cuerpo; entre todos hicimos un hueco y luego levantamos un pequeño túmulo. Con palos y espartillo armamos una cruz. Luego vendrían más gatos, todos rescatados de la calle. Mi papá parecía saberlo todo y no temerle a nada; en cierta ocasión rescató a una gatica que estaba siendo atacada por el pitbull de unos tipos del barrio que la mamá de un amigo llamaba marihuaneros y satánicos. Oímos a la gatica maullar de dolor, y mi papá salió a la calle, pateó al perro y desafió a los satánicos. Era una gatica rubia y ronca, cubierta de barro, y temblaba. La llamamos Chester.

Varios años después de rescatar a Chester, llegaron las abejas. El potrero de al lado fue remodelado y se hizo de él un parqueadero de buses. Mi papá concluiría más tarde que la alteración del lugar habría llevado a las abejas a hacer un panal que quedó justo encima del techo del cuarto de mi mamá. Primero apareció una abeja solitaria zumbando por los corredores; luego, dos. Luego cinco, y, así, iban creciendo en número sin que supiéramos de dónde salían. No nos atacaban (casi). Sin prestarles mucha atención, fueron haciendo su pequeña colmena en la casa; nos sentábamos a comer o a ver televisión acostumbrados al zumbido. Un día, lleno de curiosidad, cogí una abeja y la corté en tres partes con unas tijeras, separando la cabeza, el torso y el aguijón. Seguía moviéndose, a pesar de todo. Mi mamá me dijo que el cuerpo buscaba a la cabeza, queriendo unirse de nuevo.

Habría tal vez unas treinta abejas dispersas en la casa, caminando por las paredes y el piso, en las camas, volando en espirales, cuando realmente notamos que estaban ahí y que eran un problema. Mi tío dijo que eran de mal agüero, y resolvió rociar insecticida por toda la casa, protegido con una bolsa en la cabeza. Eso funcionó tal vez por una semana. Mi papá era muy indiferente a las abejas, aunque las estudiaba con interés; ya no nos acostábamos todos (él y sus cuatro hijos) en la cama a aprender idiomas sino a aprender sobre abejas. Pasada la semana de tregua después de la fumigación, aparecieron más, y esta vez parecían mucho más hostiles; nos picaban siempre, y mi papá, preocupado, tuvo su primera idea. Anexó un soplete a una pipa de gas y llegó al cuarto de donde salían las abejas (había una abertura estrecha en el techo); cogió las medias veladas de mi mamá y las pegó a un casco de obrero, creando una especie de almete medieval con velo. Entonces llegó el primer ataque a gran escala contra las invasoras. Las rostizaba con una llama de treinta centímetros, y las abejas caían al piso produciendo un sonido como de granizo, soltando un olor a maní tostado y amargo.

El soplete ignívomo solo las detuvo por unos días, pues luego llegaron en un enjambre grande, compacto, furioso. Pero mi papá tuvo otra idea. Con barras de poliestireno y un plástico transparente, armó una caja justo debajo de la grieta que daba al panal mayor. Así encerró a las abejas, que entonces se habían convertido en una masa ruidosa pero inofensiva. Sin embargo, casi inmediatamente después de haber construido la jaula, mi papá decidió hacer un experimento: quitó los mangos a dos cuchillos y los clavó en el plástico; en los otros extremos ató un cable que conectó al tomacorriente. Pasó una jeringa al través de la jaula, una jeringa llena de agua con sal para bañar a las abejas. Entonces esa masa café de insectos ruidosos empezó a electrocutarse. Caían sobre el piso de su jaula en bultos, fulminadas por la electricidad. Era un espectáculo al tiempo maravilloso y grotesco. Mi papá, que había estudiado física y química, había construido también una máquina de exterminio impecablemente eficaz.

Los días pasaban tranquilos, entre la escuela y los juegos de casa con mis hermanos. Mi papá se había impuesto la rutina de fulminar a las abejas de noche, sacar sus cuerpos rostizados en bolsas, y meter las bolsas al congelador (so pretexto de estudiar a las abejas en un futuro). Por algunas semanas compartimos como familia el espectáculo macabro de ver, primero, cómo mi papá, con su casco y su soplete, rostizaba a las abejas (ahumando de paso las paredes), y luego, con una máquina fácil de manejar, las electrocutaba en masa. La gente del barrio admiraba mucho a mi papá por su creatividad, y también por haber rescatado a Chester de una muerte segura en las fauces del pitbull de los marihuaneros.

Pero la naturaleza lleva millones de años empeñada en sobrevivir. Una fuerza antigua late en los animales, y más en los que viven en grandes números: es la voluntad de vivir. Las abejas, y esto lo decía mi papá, forman colmenas fuertes, organizadas, laboriosas. Para erradicarlas por completo sería necesario mucho más que el ingenio de un hombre sin trabajo, un hombre con tiempo de sobra para idear y ejecutar jaulas mortales. Fue un sábado, lo recuerdo bien, cuando me habían dejado solo en casa con mi hermanita menor. Pero yo había salido a la calle, y estaba jugando, cuando vi que de la ventana salían volando las abejas. Volaban rápido, con la furia del animal que se ha liberado de su jaula. Entonces entré a la casa y vi el enjambre; la jaula de icopor estaba en el piso y parte del techo se había venido abajo. Mi hermanita gritaba desde la ducha, horrorizada (estaba sola; tenía seis años). No recuerdo cómo crucé los corredores para sacar a mi hermanita, pero logramos salir, casi sin ser picados. Desde la casa de un vecino llamamos a mi mamá, que, hastiada, llamó a un grupo de fumigadores profesionales. Ellos se encargaron. Tardaron toda una tarde. Al salir, dijeron que nunca habían visto algo semejante. Nos mostraron un panal de catorce o quince paneles; mi papá lo bajó del techo para estudiarlo. Había algunas abejas moribundas en el piso, y una, un poco más grande y oscura, volando aún. La cogí con la mano pero no me hizo nada. Entonces mi mamá me dijo que no era una abeja, sino un zángano, un macho solitario, que no servía de mucho y que era inofensivo. Que era como mi papá.

jueves, 2 de mayo de 2013

OLVIDO



Tengo por costumbre irme a dormir ya entrada la madrugada, nunca antes de las 3. Es entonces cuando transcurren las horas más calmadas para escribir. Hace poco más de un año estaba despierto a esa hora, escribiendo cualquiera de esos pequeños ensayos que no van a dar a ningún lado. El tema era típico: una diatriba contra la contumacia. Allí insistía con prepotencia y –si recuerdo bien– con grosería en que un hombre debe mantener las riendas de su vida hasta el último instante; es decir, debe escoger el día de su muerte antes que esperar a que la vejez y el olvido carcoman sin afán su existencia. El escrito era también una apología del suicidio sereno, sin sensiblería.

Un olor como de basura quemada entró en el apartamento.  Solo me inquietó mucho rato después, cuando oí que golpeaban la puerta. Era una de esas vecinas que uno repudia tanto como para demorar un asunto importante y quedarse en casa hasta que se vaya, no atreviéndose a encontrarla a la entrada y tener que saludarla. Decidí no abrirle. A esa hora es normal estar dormido. Pero su persistencia y sus gritos fueron tales que al fin entreabrí la puerta. Me preguntó si algo se estaba quemando en mi casa. Abrí un poco más la puerta para decirle que no, y entonces vi una humareda de gris claro pero espeso. Bajé hasta el primer piso (yo vivía en el tercero, el edificio era viejo, sin portería ni vigilancia) y vi a través del contorno de la puerta 102 un resplandor anaranjado. Abrí la puerta que da a la calle y vi la hoja de bloc que había pegada por fuera. Era una invitación al funeral de un señor cuyo nombre ya no recuerdo, pero que era decente y amable, y, sobre todo, no disgustaba saludarlo. Era el inquilino del apartamento 102.

El señor (esto lo supe después) era casado y no tenía hijos. Vivía solo con su esposa. La viuda probablemente estaba ahí, encerrada en medio del humo. Un poco preocupado, intenté tumbar la puerta de una patada. Pensé que, como en el cine, la puerta caería al piso estruendosamente y yo entraría triunfante al rescate. Pero no. Era una puerta metálica que ni siquiera se conmovió con el golpe, antes me hizo rebotar contra el piso. En medio de los gritos desagradables y comentarios ridículos de la vecina (mencionó que la anciana se estaba suicidando) llamé a los bomberos. Entretanto, sin aprender la lección, intenté tumbar la puerta embistiéndola con todo mi peso recargado en el hombro. El resultado, obviamente, fue el mismo.

Nunca había llamado a los bomberos. Una mujer con voz de secretaria hace innúmeras preguntas que parecen irrelevantes. Ellos llegaron cinco minutos después y durante un rato no hicieron más que golpear la puerta y llamar a gritos a la señora. Yo les pregunté si tenían un hacha o algo por el estilo para romper la puerta. El que parecía ser comandante me dijo que tenían una sierra que cortaría la puerta en menos de un minuto. También dijo que no podían cortarla sin que alguien se hiciera responsable por los daños; en ese momento los vecinos curiosos voltearon a mirar hacia otro lado. Después de poner mi firma en varios papeles que no leí, los bomberos accedieron a atravesar la puerta con una sierra circular. Entraron; el humo salió como una nube picante, ardía en los ojos, en la nariz, en el paladar. Sacaron a la viuda, una anciana de unos ochenta años, casi inconsciente.

Afuera los bomberos la arroparon y le pusieron una máscara de oxígeno y yo aproveché para entrar al apartamento, donde más que el humo, el olor repelía todo intento de continuar. Había un pequeño incendio en la cocina. Al parecer, la viuda se había quedado dormida mientras preparaba la cena. En la mesa del comedor había dos platos servidos, cada uno con un juego de cubiertos, vasos y servilletas. Salí de inmediato a tomar aire. Entonces la anciana, sentada en una silla, apartando con dedos flacos y débiles su máscara de oxígeno, les dijo a los bomberos que ella era casada, que por favor sacaran también a su esposo.