viernes, 9 de diciembre de 2011

TORMENTOS EXISTENCIALES

El aventurero Giacomo Casanova, que pasó un buen tiempo en una celda oscura infestada de alimañas en la cárcel Dei Piombi, y que por poco pierde su brazo izquierdo tras el célebre duelo con el mariscal Branicki, llegó a ser un viejo quejumbroso. Habituado desde muy joven a lo peligroso y desagradable, Casanova pasó sus últimos años de modo apacible en el castillo de Dux, en Bohemia, escribiendo sus memorias. El eterno aspirante a noble intelectual se quejaba a menudo de que la servidumbre le sirviera fría la comida o se acabara el postre sin que alcanzase a probarlo. Para esas molestias tan triviales dispuso un repertorio de increpaciones exageradas. Pero entendibles. No debió de ser fácil para el otrora seductor, magnate y consejero real, verse encerrado en una biblioteca sin mujeres por conquistar, lujos por derrochar ni aventuras por vivir. Y para colmo, un servicio irrespetuoso.

En 1806, ocho años después de la muerte de Casanova, el clérigo James Beresford publicó una sátira de la vida diaria titulada The miseries of human life. Allí están catalogadas las desgracias, humillaciones y calamidades que hacen insufrible la existencia. Por ejemplo, estar sentado durante una tea party con un plato en la mano y una taza de té en la otra y sentir el impulso irrefrenable de estornudar, que se sabe que llegará al punto culminante antes de alcanzar una mesa, aplomarse y sacar el pañuelo, como es debido. Son los gajes de la vida, como comer los macarrones fríos, no tener postre, o que sus estudiantes no puedan escribir bien un simple párrafo.

Semejantes tormentos existenciales merecen, sin duda, una que otra blasfemia. Da gusto imaginarse a Casanova gritando “Ira de Dios, macarrones fríos ¡Otra vez!” o a un clubman de Oxford maldiciendo al té que regó en sus pantalones. En cuanto al profesor cuyos estudiantes no saben escribir, cabe esperar una o dos frases desdeñosas. Por ejemplo, “¡cáfila de incapaces!”, si se trata de un hombre correcto. Yo me contentaría con decir “manada de malparidos” y dar por concluido el asunto. Camilo Jiménez, profesor universitario, fue más extenso. Divulgó una carta en que exhibe su honda desilusión, un pesar cósmico digno de Leopardi, porque sus estudiantes no pudieron escribir un simple párrafo sin errores. ¡Ira de Dios, un simple párrafo!

La desilusión es el último refugio del intelectual inconforme. Y es, también, su más cara ilusión. La cultiva con el mismo ardor con que el ingenuo cultiva la esperanza. Vale decir que se aferra desesperadamente a la desesperanza: sin la idea de un porvenir mediocre para los demás, ¿cómo haría para sentirse superior? Hay infinitud de motivos para desencantarse, pero nuestro intelectual inconforme siempre se queja de que los demás no sean tan buenos como él en aquello en lo que él descuella. Por ejemplo, Juan Esteban Constaín, buen novelista y buen traductor de clásicos latinos, dio a entender en una desacertada columna que mientras él lee a Aulo Gelio y a Shakespeare, sus estudiantes son esclavos de la Blackberry. Tras un debate con Alejandro Gaviria, Constaín aclaró su idea, eludiendo toda posible clasificación dentro del grupo de inconformes.

Sería fatigoso referir la cantidad de columnas de opinión que se escriben en Colombia donde nuestros intelectuales desprecian a quienes no son tan eminentes como ellos. Basta con leer a Carolina Sanín, atalaya de la moral y la sabiduría posmoderna, que por cada veinte críticas venenosas hace un elogio, siendo el elogio (como su última columna) pura lambonería oportunista.

Volvamos a Camilo Jiménez, que acaba de unirse a la voz de indignación de nuestros intelectuales inconformes. Dice él en su carta, como quien acusa los privilegios de cierto colectivo, que sus estudiantes tienen conexión de banda ancha, televisión por cable, tomaron más Milo que aguadepanela (sic) y comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. ¡Claro! Lo sabía: los hábitos alimenticios de nuestra generación nos tienen al borde de la catástrofe. ¿No es genial esa retórica? Ya Carolina Sanín exponía un argumento olfativo, que no digestivo, al acusar a Alejandro Gaviria de tecnócrata perfumado.

Carolina Sanín también es profesora universitaria, como la mayoría de columnistas indignados. Esto, creo yo, nos da la clave para averiguar por qué nuestros intelectuales son tan quejicosos, por qué desprecian tanto lo ajeno y se postulan a sí mismos como modelos de integridad. El asunto es simple: la academia dispone un ambiente de cómoda mediocridad, lejos de los peligros del “mundo real”. Quienes la integran se vuelven, entonces, seres híper-sensibles. Viven con los nervios inestables, y, aún así, están en busca de la trivialidad más risible para proferir una diatriba escandalosa de proporciones exageradísimas. Necesitan alimento para su desilusión, fuente primaria de su sentimiento de superioridad; el problema estriba en que dicho alimento resulta siendo cualquier cosa. La supuesta ineptitud de unos estudiantes da para que a un profesor se le forme un nudo en la garganta. A eso hemos llegado.

lunes, 28 de noviembre de 2011

PENSAMIENTO Y ACCIÓN


Sin la menor intención de crear nuevas categorías para encasillar a los escritores, pienso que podemos hacer descubrimientos interesantes si clasificamos sus obras según ofrezcan una aventura intelectual o una aventura física. No me refiero al contenido literario, a los hechos narrados en la obra. Prefiero examinar la incitación que hacen al lector: a pensar o a actuar. No cabe duda de que un libro de acción –por ejemplo, Los tigres de la Malasia de Salgari– suele incitar al acto (hacerse al mar, librar batallas, afamarse como héroe) mientras que un libro de filosofía suele incitar al pensamiento. Pero no siempre es así. Considérense los cuentos de Borges, muchos de ellos hazañosos, aun cuando su virtud fundamental consiste en excitar vivamente el intelecto. Incitan más a pensar que a actuar. Las cuestiones filosóficas que plantean son de incuestionable profundidad. Con un mérito que no tienen la mayoría de tratados filosóficos: belleza literaria. Cabe agregar que Borges fue un maestro de la tensión que Stevenson postuló como indicio de la calidad de una obra: esa tensión incesante que inhibe el aburrimiento y que aun se permite numerosos pasajes plúmbeos para templar la inteligencia antes de dejarla cautiva de una breve y audaz conclusión.

Ciertas novelas de Hemingway ofrecen aventuras físicas. Excitan viejas pasiones del hombre primitivo, provocan ansias de pelear y vencer a nuestros principales enemigos: la naturaleza, y, desde luego, los demás hombres. El viejo y el mar es un monumento a la valentía y la tenacidad encarnadas en un cuerpo viejo pero nada débil y muy astuto. No es extraño que el lector sienta la urgencia impetuosa de luchar contra algo, contra alguien, de desafiar al hombre y sus sociedades, al animal y a toda la naturaleza. Pero esa urgencia es templada por reflexiones inesperadas sobre el valor que puede alcanzar una contienda entre un hombre y un animal. El respeto con que Santiago, el pescador, venera al hermoso pez grande que mordió el anzuelo, y aun el cariño con que piensa en él pese a estar presto a darle muerte, son asuntos conmovedores y dignos de honda reflexión. Lo mismo podemos decir de la representación trágica del toreo en Muerte en la tarde.

Ambas clases de obras, las que incitan a pensar y a actuar, tienen algo en común: hacen que el lector quiera o tenga que detener su lectura, afanado por resolver todos los problemas de la filosofía o ejecutar innúmeras hazañas. Dicho de modo coloquial, el lector se pregunta qué hace ahí leyendo con tan deplorable pasividad mientras podría estar aplicando su inteligencia a los misterios filosóficos o batiéndose en duelo con la vida. Las obras de pensamiento conducen a una quietud física necesaria para cavilar sin distracciones; las obras de acción silencian el sentido común sin el cual podemos arrojarnos de cara al peligro.

Hay un tercer tipo de obras que considero superior a los otros dos tipos. Son obras de una especie mixta: incitan a un tiempo a la acción y al pensamiento. Ofrecen aventuras físicas e intelectuales, sin énfasis claro en unas ni en otras. Dos filósofos del siglo pasado crearon obras dignas de esta categoría: Nikos Kazantzakis y Fernando González. Vida y hechos de Alexis Zorba, del griego Kazantzakis, presenta a uno de los personajes más plenos de toda la literatura. Zorba, un verdadero dios/diablo, es la quintaesencia de héroe nietzscheano, hombre libre si los hay, materia viva y espíritu ardiente. Es el hombre de núcleo denso, el hombre nuclear. Es el ser más completo, a fuerza de encarnar todas las contradicciones imaginables: fue un guerrero rapaz que de viejo condena las guerras, un veterano donjuán que en su juventud eludió posibles amoríos, cosaco empedernido, amante del vino, pero trabajador sobrio e infatigable, jovial y colérico, zorro sagaz y curioso como un niño, filósofo profundo y hombre de mundo. Vida y hechos de Alexis Zorba es un libro que emana vitalidad a un tiempo que propone con elevada poesía los más grandes problemas del hombre.

Viaje a pie de dos filósofos aficionados es la presentación que el colombiano Fernando González hace de su filosofía de la contradicción. Igual que en Kazantzakis, sus personajes –Don Benjamín y él mismo– son hombres libres. Deciden hacer lo que quieren y pensar a su antojo, no sin antes pelear contra dos mundos en apariencia contradictorios: el rígido ascetismo de los jesuitas y los placeres mujeriles y sensuales. Dos mundos que solo se vencen después de entregarse plenamente a ellos y desentrañar su esencia. El hombre vencedor es nuclear, su núcleo es fruto de la disciplina espiritual que le permite no ser esclavo de la carne ni esclavo de la virtud.

En las dos obras mencionadas no hay hazañas de sumo heroísmo ni ideas filosóficas muy complicadas. No se narran guerras (aunque se aluden) como las relatadas por Hemingway, ni se tratan problemas filosóficos extremos como el lenguaje de Tlön (que, cabe suponerlo, es una burla a la filosofía). La acción aparece de un modo menos turbulento, en borracheras, conquistas, caminatas, incluso en la contemplación consciente de la belleza del mundo. Es una acción menos arrojada, es la materialización de una filosofía que tampoco es muy compleja, pues, como dije, no figuran problemas complicados. Los actos no son más que filosofía aplicada, y la filosofía es pensamiento que está en armonía con el impulso vital.

Por supuesto, acción y pensamiento no son incompatibles. Dudo que haya una obra que solo incluya uno de estos dos elementos. Aún así, armonizarlos en una obra literaria es toda una proeza. Otra proeza, esta vez del lector, consiste en leer sin suspender su pensamiento y sus actos, obnubilado por la vitalidad física y la profundidad intelectual que emana cada una de estas obras.

martes, 15 de noviembre de 2011

PRIVILEGIADOS

Lejos de ser perfecto, el mundo funciona a niveles aceptables de comodidad gracias a las personas que realizan trabajos sencillos. Quienes limpian pisos, recogen basuras, vigilan entradas, preparan comidas, conducen buses, patrullan calles, etc., cumplen un papel fundamental e imprescindible para que todos los demás vivamos bien. Esta es una verdad de Perogrullo que obviamos todo el tiempo. La pasamos por alto así como a veces pasamos por encima de esas personas que consideramos “sencillas”. Nos parece de lo más natural que un vigilante que permanece doce horas de pie nos abra la puerta de la universidad, y nos resulta escandaloso que en ocasiones lo haga de mala gana. No vemos nada fuera de lo común en que al salir de clases el viernes por la tarde, rumbo a un bar, entre al salón una señora de edad avanzada a limpiar lo que nosotros, la gente "culta", las personas "educadas", ensuciamos a diario.

¿Cuánta gratitud les demostramos a esas personas todos los días? ¿Cuánto respeto? Por muy sencillos que sean esos trabajos, no son triviales. Es inimaginable el caos que sufriríamos como sociedad si un buen día ellos decidieran rebelarse y abandonar sus puestos. ¿Y si les diera por ponerse a marchar? La verdad es que dependemos de ellos para suplir necesidades vitales. Por eso, porque su trabajo es esencial, me parece ridículo y sobre todo injusto que los líderes del movimiento estudiantil, amén de sus aliados políticos y opinantes de oficio, se llenen la boca diciendo que el destino del país depende de los universitarios del mañana. Que se proclamen abanderados de la justicia social y busquen privilegios para sus iguales sin detenerse un momento a reflexionar sobre las condiciones de vida y de trabajo de esos “otros”, esas personas “sencillas”, de quienes tanto dependemos.

Sin duda los muy agudos hombres de universidad dirán que hay que ampliar la cobertura educativa para que esa pobre gente tenga mejores oportunidades laborales. Pues no. Eso es impensable dado que la vida moderna, me atrevo a decir, se cimienta en el óptimo desempeño de esos trabajos. Y alguien tiene que hacerlos. Lástima por las universidades, que no podrán nunca abultar su capital ofreciendo cursos de chofer de bus o limpieza de pisos. Por fortuna, la instrucción inicial necesaria para esos trabajos no debe ser formal, si bien con el tiempo se gana bastante pericia y no faltará nunca quien haga de su oficio todo un arte.

Por otra parte, no hay nada indigno en trabajar con las manos. Lo miserable viene del salario devengado y del trato recibido por los “doctores”: sociólogos incapaces de socializar con el hombre de a pie, ingenieros que se enredan cambiando un bombillo, filósofos carentes de sentido común... sería mucho esperar que esos doctores (y quienes aspiran a serlo) organizaran una marcha a favor de la dignidad laboral de los trabajadores que no recibieron educación formal.

Ah, qué rico es declararse en paro y marchar. Qué chimbita. ¿Se pasa bueno, no? Se conoce gente, se toma traguito, se habla de todo un poquito: de cómo nosotros sí tenemos las soluciones para los problemas del país, de la grandeza con que representamos los intereses de toda una sociedad, de nuestra capacidad de convocatoria, de nuestra importancia en el destino de la nación. Y qué rico es escribir una columna predecible (como la de Ricardo Silva o la de William Ospina) para ganarse el aprecio de esas masas inconformes. Es rico mientras el estudiante sabe que puede holgazanear cuanto desee sin que eso provoque un colapso grande en la vida de los demás, a excepción de los trancones y disturbios de siempre. Y es rico para el columnista porque sabe que su incitación al paro, a la marcha y al inconformismo, no va a evitar que el vigilante le abra la puerta a la calle, el taxista lo lleve al lugar de trabajo, la cocinera le prepare su desayuno, la secretaria le atienda las llamadas, la servidumbre le limpie la oficina y le sirva un tintico para que así, muy cómodo, pueda sentarse a escribir perlas como esta “[Presidente Santos], entienda a los estudiantes: son personas nuevas. Aún no se resignan a vivir a pesar de los gobiernos ni se acostumbran a pagar impuestos para nada. Todavía no les parece normal tener que comprar de nuevo la seguridad, la enseñanza, la salud. Tienen la rara idea de que el Presidente de la República es su empleado. Y creen que lo que llaman "el mundo real" es una excusa: que el mundo es lo que sea que uno quiera”. Magnífico. Me gustaría ver a Ricardo Silva diciéndole a la señora de los tintos que el mundo es lo que sea que uno quiera.