lunes, 23 de enero de 2012

BORGES EN LA MUERTE

El místico sueco Emanuel Swedenborg narra la suerte del teólogo Philipp Melanchthon, que, empeñado en defender por escrito la doctrina de la sola fide (para la salvación basta la fe), sin mencionar la caridad, no alcanza nunca la gloria de Dios. Un remoto pasaje de Arcana Cœlestia registra la desgracia del teólogo en la muerte que, soberbio, niega la caridad y desciende al servicio de los demonios. Esta historia –nos dice Swedenborg– se la refirieron los ángeles. Borges la incluye en su Antología de la literatura fantástica (p. 398) y en su Historia universal de la infamia (Obras Completas, I, 397).

Borges le inventó un destino análogo a Baltasar Gracián (id., II, 301). Su pecado no es falta de caridad sino mala poesía. Esta acusación aparece en el poema dedicado al escritor barroco: “A las claras estrellas orientales / que palidecen en la vasta aurora / apodó con palabra pecadora / gallinas de los campos celestiales”. (La misma acusación aparece antes en Las “Kenningar”, I, 440). Los laberintos, las metáforas y las argucias –dice Borges– llenan la mente de Gracián y le impiden ver la importancia de Homero y de Virgilio; por amor a tanta fruslería le es negada la gloria, y aun después de muerto seguirá resolviendo en la memoria su repertorio de laberintos, retruécanos y emblemas, tal como el teólogo seguirá propugnando la sola fide.

Evito defender a Gracián por dos motivos: su obra es considerada clásica y le sobran defensores, harto más capaces que yo; y las faltas que Borges le atribuye son exactamente las mismas que encontramos en él, en el Borges que recurre a metáforas conocidas: el río del tiempo, la noche unánime, el universo como divinidad... el mismo Borges fabricante de laberintos; venerador, igual que Gracián, de las astucias (las de Martín Fierro, las del cuchillero Muraña). Si imaginamos a Borges en la muerte, como hizo él con Gracián y Swedenborg con Melanchthon, podemos verlo repitiendo un verso de Dante, así como Gracián hubiera repetido un verso de Marino; o perplejo ante la filosofía de Schopenhauer (que admiró a Gracián y lo tradujo al alemán); o perdido en un jardín de senderos que se bifurcan para redescubrir que el laberinto más terrible consta de una sola línea recta, y que un desierto puede ser también un laberinto espantoso.

He pensado que un cambio mínimo en esta estrofa del poema a Gracián sirve para volverla en contra de Borges: “Tan ignorante del amor divino / como del otro que en las bocas arde / lo sorprendió la pálida una tarde / leyendo las estrofas del Marino”. Borges era ciego y no podía leer, pero pudo haber muerto recordando una estrofa de Shakespeare, o aun esta que tanto le gustaba, del mismo Marino: púrpura del jardín, pompa del prado, gema de primavera, ojo de abril. Pero de ahí no debemos conjeturar que Borges no vio la gloria. La literatura es, en el fondo, una profesión de suma vanidad, cuyas eminencias no bastan para la gloria, ni sus defectos merecen el castigo. Lo mismo se puede decir de todos los actos y todas las profesiones humanas.

Irónicamente, Fernando Vallejo lo acusó de no haber tenido nunca una palabra de amor o compasión hacia los animales. Esta acusación es sin duda infantil, aunque no menos que la omisión de la caridad en Melanchthon o el olvido de Virgilio en las obras de Gracián. Un escritor no puede tratar todos los asuntos para dar gusto a la plural audiencia. Y es mejor que no lo haga, pues ya decía Gracián: “es plaga de hombres universales por querer estar en todo, estar en nada. La intensión da eminencia, y heroica si en materia sublime” (Oráculo..., §27).