jueves, 16 de febrero de 2012

EL COMANDANTE MORGAN

La última vez que vi a mi tío Arturo estaba en la sala de la casa de reposo. Ya no apestaba a ácaros ni tenía manchas amarillas en la ropa. Llenaba mejor que nunca su pantalón de pana y su camisa de cuadros, con el bolsillo a punto de romperse por el peso de varios lapiceros gastados.

―¿Qué estás escribiendo, tío?

―Nada, mijo. No me han traído mis cuadernos. Mi madrastra me tiene muy perjudicado.

Hablaba con la mirada perdida. Perdida en Bogotá, en su cuartico lleno de libros sobre temas dispares: aperturas de ajedrez, manuales de esperanto, una breve historia de bebidas estimulantes, la antología griega de los curas Hernández y Restrepo descosida y horadada por el tiempo, enciclopedias incompletas...

―Mijito, ¿por qué no me traes tú mis cuadernos?

El tío Arturo tenía más de cien cuadernos que en sesenta años le sirvieron de poemarios, tratados de filosofía, teología, química, ciencia aeroespacial, robótica, música, política... ¿Sigo? ―Sígase sumercé― ¡Ah boyacos malhablados! Sigo: arquitectura, psicología, botánica, física clásica, física cuántica, aeromodelismo... También anotaba allí con minuciosidad leguleya los eventos de su vida. Por ejemplo:

«Viernes, pseudo 1 de diciembre de 1995

9:00 a.m. Micción matutina: escasa.

9:45 a.m. Tomé un vaso de jugo de tomate de árbol con media hogaza de pan integral.

12:42 p.m. MARÍA SATANASA me obliga a cortarme el pelo y afeitarme. No va a darme mis semanas si no voy a la peluquería. ¡¡¡PUTA!!! Diablo cacorro, esto es obra tuya. ¿Por qué eres tan marica, diablo homosexual? ¿Te molesta que yo sea más viril? Yo soy el Cristo de Marte y voy a proceder como tal.

3:03 p.m. Trataron de arrancarme hasta el último bulbo capilar. Madrastra lesbiana, moza-de-hija que se ayunta con mis hermanastras. Se confabuló con María Asesina y la otra arepera del Opus Dei. LESBIANAS.

6:20 p.m. Acabo de tocar la “Marcha Turca”. Falsamente atribuida a Mozart, la compuse en pseudo 1978 en la casa de La Camelia durante mi reclusión voluntaria.

11:12 p.m. Dos vasos de jugo de tomate de árbol + una hogaza de pan integral.»

Tenía su cuerpo frente a mí pero su boca pronunciaba cada palabra por interpósita persona. No estaba ahí, conmigo, sino a treinta kilómetros, cuidando los cuadernos que abarcaban más de medio siglo de vida. Su vida misma. Había en esa colección variopinta de escritos más de él que en ese cuerpito jorobado de ojos bien abiertos pero ausentes.

―Tío, aquí no tenés espacio para tantos cuadernos. Hace un mes te trajeron un bloc. ―Los dedos empezaron a teclear sobre sus rodillas.

―¿Y el piano, mijo? ¿Me pueden traer el piano?

―Te lo daña algún hijueputa loco.

Nunca había visto al tío tan grueso de carnes, por decirlo de alguna manera, porque en realidad seguía siendo flaco, pero no a lo Don Quijote, como cuando vivía con mis papás.

Vivió diez años con mis papás, en Manizales, en una casa decente de un barrio respetable y en la pobreza más triste. Con las exiguas “semanas” que le enviaba mi abuela desde Bogotá para sus cigarrillos, tintos, libracos y confites, comían mi mamá, mi papá, él y un grupo de amigos: malos poetas y falsos bohemios. Pero, ¿poetas buenos? ¿Bohemios genuinos? Todos son haraganes y ninguno sabe nada. Y no solo comían esos miserables sino que fumaban y tenían hasta para tinto y libros. La ralea de mediocres que visitaba la casa robaba mercado de la suya propia a fin de armar el almuerzo: uno llevaba fríjoles; otro, arroz; otro, aceite; todos llevaban hambre y rara vez llevaban proteína animal.

Por esa época (años ochenta) Arturo Dei Einstein (como se hacía llamar), alias Comandante Morgan (como también se hacía llamar), presidía las reuniones de intelectuales manizaleños. Era el presidente y fundador de la Real Cofradía de las Águilas Imperiales. A las seis de la mañana tocaba la trompeta y requería el saludo de sus subordinados, que ellos hacían con reverendo respeto. Es imposible que uno sirva para algo cuando es fruto del vil concúbito de un par de güevones que saludan a un Locomandante Morgan. Pero esa es la suerte que me tocó en suerte.

―Tío, ¿te acordás de cuando vivías en La Camelia con mis papás y el ejército y la policía les hicieron una redada?

―Sí. Entraron por el patio, haz de cuenta unos cascos avanzando. Dijeron que éramos una célula revolucionaria. Yo les dije que éramos un embrión contrarrevolucionario. Exigí respeto. Yo creo que esos no eran soldados auténticos bajo mi mando sino revolucionarios disfrazados. El ladrón juzga por su condición y los revolucionarios son ladrones. ¿Por qué me preguntas?

―Me dio por acordarme.

Allanar significa aplanar, volver llano. Lo de la casa de La Camelia en Manizales no fue un allanamiento porque allá todo es montañoso y faldudo: se rueda hasta un chicle. Tierra de montañas contumaces que persisten en todos los errores conocidos, el de Eutiques y el de Nestorio incluidos, ahí por poco se bajan a mi tío y sus cofrades. No sé por qué los militares no abrieron fuego. Ah no, sí sé. Eran otros tiempos. Hoy los soldaditos harían pasar a su madrecita por guerrillera o falso positivo para irse de vacaciones a paseíto con puticas, pero los de illo témpore no mataron a mis papás y por eso estoy en este cuento.

Yo sí habría matado a los padres de cualquier soldadito, guerrillero, paramilitar, sicario, y en general de cualquier persona capaz de matar. De esto se concluye que habría matado a mi mamá por parir a un asesino de paridoras de asesinos.

En diciembre de 1986 las explosiones controladas sacudían la quietud nocturna en la casa de La Camelia. Mi papá no tenía para comprar voladores ni volcanes, pero intentó fabricar pirotecnia con pólvora negra, aluminio, azufre, glicerina, y otra cantidad de químicos que guardaba en la alacena, en frascos de salsa de tomate y en latas de leche en polvo. ¿Cómo es que tenía para químicos y no para comida ni voladores ni volcanes? Sabrá el putas.

―Casi se los lleva el putas en ese operativo tío.

―Pero yo me impuse. Oíste mijo, ¿no me pueden traer una paca de cigarrillos? Ya no me dejan salir hasta la tienda. Mijo, ¿verdad que soy el Cristo Marciano?

―Sí tío.

Autoproclamado Cristo de Marte desde los diecisiete años cuando se le horneó el cerebro, también decía ser Dios y Espíritu Santo. A veces se confundía y le rezaba al Padre, que era él mismo. El misterio de la Trinidad es la crisis de múltiples personalidades del hijo bobo de un carpintero. Un adolescente al que le faltaron sus buenas nalgadas.

Cuando los soldaditos entraron por el patio vieron un túnel cavado en dirección al batallón, que no estaba tan lejos. Vieron los químicos camuflados en recipientes de comida. Vieron explosivos. Vieron los planos de la ciudad con cruces rojas en puntos estratégicos. Sobre todo vieron al Comandante Morgan vistiendo una chaqueta gris constelada de insignias militares, trompeta en mano, luciendo una grosera barba tipo Fidel Castro.

¿Por qué armaron un operativo de semejante envergadura contra una saludable congregación de cofrades, que si mucho estarían locos y que, en el peor de los casos, no serían más que poetastros y holgazanes? Porque los vecinos se alarmaron al oír explosiones. Por el saludo al Comandante a las seis de la mañana a voz de trompeta. Con qué recurso retórico logró mi papá persuadir a los soldaditos de que mi tío era esquizofrénico, que el túnel del patio era tan solo una zanja donde ensayaba la pirotecnia sin riesgos, que los planos eran material del Ministerio de Transportes que le había encargado la instalación de espejos deflectores en determinados lugares, con qué recurso retórico los convenció de lo contrario a lo que sus ojos veían, eso solo lo sabe el de arriba. El que mencioné arriba: el putas.

―Oíste Constantinito, aquí me tienen malcomiendo. Toda la comida sabe a lo mismo: a arroz. La sopa sabe a arroz, la verdura sabe a arroz, la carne sabe a arroz.

―¡No fregués! ¿Y a qué sabe el arroz de aquí?

―A arroz. Hasta el postre sabe a arroz.

―No sabía que te daban postre. ¿Qué te dieron hoy?

―Arroz con leche. Mijito, ¿verdad que yo inventé las obleas de arroz?

―Sí.

―¿Y el té de arroz?

―Sí tío.

―Fijate que ayer dizque se fue la luz. Me están hostigando los necro-maniacos de la Cruz Roja. Me sabotearon las conversaciones con el presidente.

―Muchos hijueputas.

―¿Verdad que instalé en Bogotá plantas que funcionan con pila eterna?

―Sí. Y por el acueducto corre aire líquido.

Pilas eternas, aire líquido, cerebros de bolsillo; el sistema dodecafónico (falsamente atribuido a Schönberg), las canciones de Sadel, las composiciones de Mozart; la defensa Pirc, la apertura Barça, la variante Averbakh; todo eso e infinitud de cosas eran obra suya, aunque el diablo había intervenido más de una vez para darle crédito a algún bellaco sin méritos, como era el caso de Mozart.

¿Cómo podía irse el agua si el aire líquido es prácticamente inagotable? ¿Y la luz, habiendo pilas eternas por todas partes? Una compleja telaraña de espías al servicio de gobiernos despóticos que a su vez servían al diablo hacían lo posible por imposibilitarle la vida. Sus conversaciones con el presidente ocurrían a través del radio: él oía la arenga presidencial y cuando creía oportuno hablar, bajaba todo el volumen y daba órdenes: «Álvaro, Colombia no es un país pobre. Estamos recibiendo pensiones árabes por cuenta de mi amistad con el Imán. ¿Cómo? No seas bellaco que las FARC ya no existen: los robots las exterminaron. ¿Querés que te mande al sol, Alvarito? Tenés veinticuatro horas para retractarte de tus desaciertos.»

―Vení tío, vamos al centro comercial a tomar tinto que el de aquí sabe a trapo.

―Mirá esa nenita tan hermosa. Mirale esas tetas. Como para orinárselas. ¿La mandamos a producir a Colanta? Oíste Tinito, está hasta sabrosito el tinto. Oíste mijo, quiero volver al cuartel.

―¿Cuál cuartel? ¿Tu cuarto?

―Sí, para escribir mis diarios. Tengo en mente unos alicates hidráulicos, una pistola de taquiones, un proyector de alucinaciones... Mijo, ¿en estos momentos estoy siendo alucinado?

―Sí tío.

―¿Quién me está alucinando? ¿Tú, o Jorge, tu papá?

―Ambos.

―Espero entonces recobrar mi corporeidad real.

Todos sabemos que Da Vinci, el personaje tostado de los libros de Dan Brown, es el prototipo de homo universalis venerado por el vulgo ignaro. Artista mediocre y científico zafado, se le reconoce sin embargo su visión, su imaginación desbordada, con que anticipó cientos de utilísimos inventos como el tanque de guerra. Pero comparado con el tío Arturo no es más que un panadero florentino. Un hombre de intereses estrechos pues no hay ciencia, arte o disciplina que no le sea familiar a Arturo Dei Einstein. ¿Que lo de la pila eterna es pura paja? Por ahora, como lo fue otrora el tanque de guerra. ¿Que viola la primera ley de la termodinámica? Hombre, a mí no me pregunte que de eso no sé nada. Le recomiendo interrogar los libros, como decía Borges.

―Sabes mijito que también están tratando de envenenarme...

―No hagas caso tío. ―Lo cierto es que le daban fuertes dosis de hipnóticos y tranquilizantes que le estropeaban la brillantez y lo dejaban como un pelele. El Da Vinci Trismegisto vuelto un pelele.

―Me sirvieron fresas con semen. No me voy a comer esas porquerías. ¿Me meto al ataúd de una vez para ahorrarles dolores de cabeza?

―¿No serían fresas con crema? Pero metete más bien al sarcófago.

―Mañana me meto al sarcófago. ¿A qué estamos hoy?

―Febrero 18 de 2009.

―Pseudo febrero 18 de 2009. ¿Y cuándo es la navidad del 2000?

―Muy pronto tío. Para que goces al fin de la presencia de Dios por la eternidad.

―Ojalá. Estoy cansado de comer arroz. No tengo nada para leer aquí. En este campo de exterminio nadie lee nada.

―Voy a traerte algunos libros y los cuadernos. ¿Querés una arepita con queso, tío?

―Sí, pero no, sin semen, ten la bondad.

―¿Y qué querés leer?

―¿No tenés unas revisticas pornográficas? Quiero El Quijote en la edición de la Academia.

―Dejá de leer esas pendejadas que terminás volviéndote loco.

―Loco no, cuerdo. ¿Y si me traes La fiesta del chivo?

―¿Esas seiscientas páginas estúpidas? Te traigo Tirano Banderas, la novela de tierra caliente quintaesenciada. Un libro breve de lo que se dice breve con brevas.

―Bueno. Y alguito de Fernando Vallejo.

―¡Cuál Fernando Vallejo! Ese es un viejo cacorro que dice ser vegetariano mientras se la pasa comiendo culito. Culito rosadito. Para esa gracia te lees a Schopenhauer que es lo mismo sin la hijueputiadera paisa. Donde dice Hegel léase García Márquez y donde dice Alemania léase Colombia. Por lo demás, la vida es sufrimiento, la existencia un sinsentido, los animales seres nobles y la música el arte cumbre. ¡Qué original!

A propósito de música quiero recordar a Beethoven: O Freunde, nicht diese Töne. Nos conjuraste el pesimismo con la mejor sinfonía de todas que es también lo mejor que ha hecho el homínido durante doscientos mil años de torpezas. Pero tú no eras un homínido. ¡Ay! ¡Si supieras que tu Novena Sinfonía es el himno de la Europa grosera, ignorante y desapasionada! Esa Europa idiota que solo es superada en vileza por América y Asia y África y Australia.

La tarde se nos fue en un diálogo como los de siempre. Un entremés inverosímil en que mi tío iba recuperando la lucidez según la droga dejaba de afofarle el cerebro.

―¿Y qué hay de Jorgito?

―Bien tío, por no preocuparte. Le pasó lo de Pitas Payas, que era pintor en Bretaña. Mi mamá se fue con un ingeniero.

Con renovada lucidez empezó a tocar su arreglo para piano de la “Marcha por la ceremonia de los turcos”, falsamente atribuida a Lully. La tocó con supremo virtuosismo sobre la mesa del restaurante. Le brillaban los ojos.

Aterrada, con el invariable gesto estúpido que jamás ha de borrarse de su cara, la gentuza nos miraba sin quitarnos los ojos de encima. ¿Nunca han visto a un pianista? Al individuo de hábitos heredados y conducta corriente debe de parecerle sospechoso y hasta peligroso todo lo que supere la ramplona monotonía. Como no sean las carcajadas malsonantes de universitarios u oficinistas que orinan cerveza mientras hablan de política para luego comer fritanga e irse a pichar a hoteluchos, a la caterva, a la canaille, no le cabe en la cabeza otra forma de ser.

Un grupo de adolescentes que pronto habrían de adherirse a la masa laboral colombiana que es el gluten de la humanidad llamaban Satanás a mi tío. Le habían dado ese apodo cuando vivíamos con mi abuela María Helena en un apartamento en Bogotá. Recuerdo que un día llegó sudando y despeinado: los hijueputicas habían hecho burlas a costa suya y hasta lo habían empujado. ¡No haber tenido el rifle Colt M4 Carbine para dejarlos como un colador! Desde entonces hice guardia en la ventana que daba al parque armado con un riflecito de aire comprimido para dispararles bolas de arcilla muy ligeras pero que siguiendo una antigua fórmula eran efectivas con óptima aceleración. ¡Tas! En el culo a ese cacorrito. ¡Taque! En toda la cabeza a esotro rolo triplehijueputa.

Nadie nos oyó conversar en la unánime noche. Una lloviznita indecisa mojaba el pastico lo más de sabroso.

―Mijo, quiero volver al cuartel. Yo puedo portarme bien.

¡Y con qué gusto lo habría llevado de vuelta! Rompía mi aburrimiento vital y empujaba a mi abuela al abismo de la locura. Pero los niños huían de él cuando se les acercaba a regalarles dulces y a presentarse como su Dios. Los jóvenes lo sofocaban y le escupían los insultos más groseros. Mi abuela seguía chantajeándolo para que se afeitara y motilara, lo sedaba subrepticiamente, le impedía tocar trompeta y lo obligaba a comer a “horarios decentes”, frustrándole su dieta de pan y jugo de tomate. Yo te hubiera llevado a Bogotá, tío, oponiéndome a la opinión de cuanto psiquiatra demente quisiera retenerte. Pero no habrías sido más feliz.

Me despedí de él y sentí una fracción ínfima de su desgracia, esa suma de padecimientos atroces que su familia y la sociedad nunca se interesaron por aliviarle en más de sesenta años. Pero no vamos a ponernos sentimentales: no vamos a decir que un loco vale más que toda la sociedad “cuerda” y que es esta quien merece reclusión, sedación y tratamientos.

Entré al apartamento como sin ganas de nada. En su cuarto vi los carritos, los aeromodelos, las insignias militares, los naipes, el ajedrez magnético, el de madera, el de cristal, la selecta biblioteca... todo olía a ácaros pero ese olor ya no me disgustaba. Uno a uno reuní sus cuadernos. Luego los libros indicados. Luego puse a un lado el ajedrez de madera con el propósito de jugar con él una partida la próxima semana, que nunca ocurrió.