miércoles, 4 de abril de 2012

TODOS LOS HOMBRES DEL MUNDO

El recuerdo más remoto que tengo de mis innúmeros días es de un campo británico donde la Legión del Capricornio perdió el rumbo y cayó en deshonra. Los hombres pueden perderse de múltiples maneras, pero aquellos erraron bajo el truco de un druida que movió el orbe entero para desorientarlos. El ritual de que se ayudó necesitó un cabrío negro con astas de oro. Yuguló al bruto y lo dispuso con un asta hacia naciente y la otra hacia poniente. Pronunció un encantamiento anterior al bretón, y todos los soldados romanos llegaron por error a una colonia de veteranos, mientras Cayo Suetonio Paulino vencía con diestro mando a los icenos, y causaba la muerte de su líder, Boudicca.

Necesariamente he olvidado importantes fracciones de mi vida. Creo saber que compuse en Bizancio una doctrina sobre las dos almas de Cristo (cosa natural y obvia desde el druidismo) que fue vista con hostilidad por el Concilio de Éfeso. Destruyeron mis obras y me relegaron al desierto. Muchos años después, un autor griego fue increpado por incurrir en mi verdad.

También estuve en la corte de Hungría, diseñando mecanismos de avancarga apropiados para los mosqueteros de Bethlen Gábor, que fue el más majestuoso príncipe de Transilvania. No conocimos la victoria. Nos mordió el acero lunado de los otomanos y nos cubrió la tiniebla que proyectó por un milenio el gran cuerpo Habsburgo, donde nunca se ponía el sol.

En Estambul, junto a una tienda plena de té de Indostán y otras raíces inusuales, el sabio Mulla Abu Bakr Effendi[1] señaló las estrellas para explicarme por qué he sido y seré tantos y tan diversos hombres. Una conjunción astral, que más tuvo de caprichosa que de geométrica –aunque la geometría es un capricho del intelecto– y que no fue tan digna de estudio como la de Bomarzo, resultó en que la muerte fuese para mí una simple transmutación. Esta doctrina la conocieron los druidas que murieron bajo Cayo Suetonio Paulino, para convertirse luego en Cayo Suetonio Paulino y sus soldados. El alma vencida transmuta en el cuerpo del homicida. No es difícil conjeturar que yo fui el druida que confundió a la Legión del Capricornio.

Schopenhauer fabricó los mismos postulados: tuvo a todos los hombres por uno solo y al individuo por fenómeno aparente, ilusión. Él bebió su teoría en los Upaniṣad; nadie ignora que el dios arquero Arjuna Krishna fue un ser múltiple, capaz de asesinar a quien él fuera antes o habría de ser más tarde.

Como colofón está la teosofía de Swedenborg, donde las almas fecundadas con la gloria han de integrar el hombre máximo.

Es fácil descreer de estas palabras. Los hombres se ufanan de ser quienes son. Yo, que he sido usted (y otros tantos) he aprendido a aceptarlo.


[1] Hay que recordar que esto es inverosímil. Mulla Effendi jamás salió de Iraq, y escasamente de su pueblo natal. Si no me engaño, Schopenhauer no había sido vertido al kurdo en aquellos días, y me atrevo a pensar que habría escandalizado a Effendi.