jueves, 2 de mayo de 2013

OLVIDO



Tengo por costumbre irme a dormir ya entrada la madrugada, nunca antes de las 3. Es entonces cuando transcurren las horas más calmadas para escribir. Hace poco más de un año estaba despierto a esa hora, escribiendo cualquiera de esos pequeños ensayos que no van a dar a ningún lado. El tema era típico: una diatriba contra la contumacia. Allí insistía con prepotencia y –si recuerdo bien– con grosería en que un hombre debe mantener las riendas de su vida hasta el último instante; es decir, debe escoger el día de su muerte antes que esperar a que la vejez y el olvido carcoman sin afán su existencia. El escrito era también una apología del suicidio sereno, sin sensiblería.

Un olor como de basura quemada entró en el apartamento.  Solo me inquietó mucho rato después, cuando oí que golpeaban la puerta. Era una de esas vecinas que uno repudia tanto como para demorar un asunto importante y quedarse en casa hasta que se vaya, no atreviéndose a encontrarla a la entrada y tener que saludarla. Decidí no abrirle. A esa hora es normal estar dormido. Pero su persistencia y sus gritos fueron tales que al fin entreabrí la puerta. Me preguntó si algo se estaba quemando en mi casa. Abrí un poco más la puerta para decirle que no, y entonces vi una humareda de gris claro pero espeso. Bajé hasta el primer piso (yo vivía en el tercero, el edificio era viejo, sin portería ni vigilancia) y vi a través del contorno de la puerta 102 un resplandor anaranjado. Abrí la puerta que da a la calle y vi la hoja de bloc que había pegada por fuera. Era una invitación al funeral de un señor cuyo nombre ya no recuerdo, pero que era decente y amable, y, sobre todo, no disgustaba saludarlo. Era el inquilino del apartamento 102.

El señor (esto lo supe después) era casado y no tenía hijos. Vivía solo con su esposa. La viuda probablemente estaba ahí, encerrada en medio del humo. Un poco preocupado, intenté tumbar la puerta de una patada. Pensé que, como en el cine, la puerta caería al piso estruendosamente y yo entraría triunfante al rescate. Pero no. Era una puerta metálica que ni siquiera se conmovió con el golpe, antes me hizo rebotar contra el piso. En medio de los gritos desagradables y comentarios ridículos de la vecina (mencionó que la anciana se estaba suicidando) llamé a los bomberos. Entretanto, sin aprender la lección, intenté tumbar la puerta embistiéndola con todo mi peso recargado en el hombro. El resultado, obviamente, fue el mismo.

Nunca había llamado a los bomberos. Una mujer con voz de secretaria hace innúmeras preguntas que parecen irrelevantes. Ellos llegaron cinco minutos después y durante un rato no hicieron más que golpear la puerta y llamar a gritos a la señora. Yo les pregunté si tenían un hacha o algo por el estilo para romper la puerta. El que parecía ser comandante me dijo que tenían una sierra que cortaría la puerta en menos de un minuto. También dijo que no podían cortarla sin que alguien se hiciera responsable por los daños; en ese momento los vecinos curiosos voltearon a mirar hacia otro lado. Después de poner mi firma en varios papeles que no leí, los bomberos accedieron a atravesar la puerta con una sierra circular. Entraron; el humo salió como una nube picante, ardía en los ojos, en la nariz, en el paladar. Sacaron a la viuda, una anciana de unos ochenta años, casi inconsciente.

Afuera los bomberos la arroparon y le pusieron una máscara de oxígeno y yo aproveché para entrar al apartamento, donde más que el humo, el olor repelía todo intento de continuar. Había un pequeño incendio en la cocina. Al parecer, la viuda se había quedado dormida mientras preparaba la cena. En la mesa del comedor había dos platos servidos, cada uno con un juego de cubiertos, vasos y servilletas. Salí de inmediato a tomar aire. Entonces la anciana, sentada en una silla, apartando con dedos flacos y débiles su máscara de oxígeno, les dijo a los bomberos que ella era casada, que por favor sacaran también a su esposo.