lunes, 1 de septiembre de 2014

LA COLMENA Y EL ZÁNGANO

Viví varios años en Armenia, en una casa grande que era de mis abuelos, casa vieja con un patio amplio de jardines y árboles de guayaba, corredores oscuros y pisos de madera llenos de hendijas por donde se perdían las monedas que sacaba a escondidas de las materas del balcón; mi tío sembraba monedas, mi tío siempre ha tenido toda clase de agüeros. En aquel tiempo, con veinte pesos uno podía comprar varios dulces. Yo desenterraba las monedas, las lavaba y jugaba con ellas, o compraba dulces. Cuando murieron mis abuelos, la casa, que estaba dividida en cuatro, fue repartida entre mi mamá y mi tío; entonces tuvimos que mudarnos a una de las divisiones que pertenecían a mi mamá, una casa en un primer piso, sin árboles, más vieja y descuidada que el resto. Sin materas sembradas de monedas para comprar dulces.

Eran años felices, como los de una niñez cualquiera. En esa época yo admiraba mucho a mi papá. Parecía saberlo todo, parecía un hombre del Renacimiento, nos enseñaba idiomas y nos hablaba de ciencia a mis hermanos y a mí. Él siempre lo sabía todo. Aunque mi mamá trabajaba mucho, éramos pobres, pero muy pequeños para saber que lo éramos, y por eso podíamos sentirnos felices. Teníamos una gata negra que mi hermana mayor había recogido en la calle. La llamamos Muncher, por un juego que jugábamos en el computador donde un dinosaurio verde, Super Muncher, tenía que comer palabras. Así aprendíamos inglés. Recuerdo una larga temporada de lluvias, la casa llena de baldes y poncheras para las goteras, la calle de enfrente enlodada y resbaladiza. Por aquel tiempo envenenaron a Muncher; su cuerpo antes ágil y elegante estaba petrificado, los ojos como de vidrio. Mi hermana lloró mucho. Mi papá decidió que debíamos enterrarla en un potrero al lado de la casa; pero la tierra era puro lodo movedizo, y mi papá metió a la gata en el congelador para preservarla, para poder darle un buen entierro cuando dejara de llover. La nevera, que casi siempre estaba vacía, tenía entonces a Muncher en el congelador.

Al fin dejó de llover. Mi papá nos llevó a medianoche, pala en mano, a enterrar el cuerpo; entre todos hicimos un hueco y luego levantamos un pequeño túmulo. Con palos y espartillo armamos una cruz. Luego vendrían más gatos, todos rescatados de la calle. Mi papá parecía saberlo todo y no temerle a nada; en cierta ocasión rescató a una gatica que estaba siendo atacada por el pitbull de unos tipos del barrio que la mamá de un amigo llamaba marihuaneros y satánicos. Oímos a la gatica maullar de dolor, y mi papá salió a la calle, pateó al perro y desafió a los satánicos. Era una gatica rubia y ronca, cubierta de barro, y temblaba. La llamamos Chester.

Varios años después de rescatar a Chester, llegaron las abejas. El potrero de al lado fue remodelado y se hizo de él un parqueadero de buses. Mi papá concluiría más tarde que la alteración del lugar habría llevado a las abejas a hacer un panal que quedó justo encima del techo del cuarto de mi mamá. Primero apareció una abeja solitaria zumbando por los corredores; luego, dos. Luego cinco, y, así, iban creciendo en número sin que supiéramos de dónde salían. No nos atacaban (casi). Sin prestarles mucha atención, fueron haciendo su pequeña colmena en la casa; nos sentábamos a comer o a ver televisión acostumbrados al zumbido. Un día, lleno de curiosidad, cogí una abeja y la corté en tres partes con unas tijeras, separando la cabeza, el torso y el aguijón. Seguía moviéndose, a pesar de todo. Mi mamá me dijo que el cuerpo buscaba a la cabeza, queriendo unirse de nuevo.

Habría tal vez unas treinta abejas dispersas en la casa, caminando por las paredes y el piso, en las camas, volando en espirales, cuando realmente notamos que estaban ahí y que eran un problema. Mi tío dijo que eran de mal agüero, y resolvió rociar insecticida por toda la casa, protegido con una bolsa en la cabeza. Eso funcionó tal vez por una semana. Mi papá era muy indiferente a las abejas, aunque las estudiaba con interés; ya no nos acostábamos todos (él y sus cuatro hijos) en la cama a aprender idiomas sino a aprender sobre abejas. Pasada la semana de tregua después de la fumigación, aparecieron más, y esta vez parecían mucho más hostiles; nos picaban siempre, y mi papá, preocupado, tuvo su primera idea. Anexó un soplete a una pipa de gas y llegó al cuarto de donde salían las abejas (había una abertura estrecha en el techo); cogió las medias veladas de mi mamá y las pegó a un casco de obrero, creando una especie de almete medieval con velo. Entonces llegó el primer ataque a gran escala contra las invasoras. Las rostizaba con una llama de treinta centímetros, y las abejas caían al piso produciendo un sonido como de granizo, soltando un olor a maní tostado y amargo.

El soplete ignívomo solo las detuvo por unos días, pues luego llegaron en un enjambre grande, compacto, furioso. Pero mi papá tuvo otra idea. Con barras de poliestireno y un plástico transparente, armó una caja justo debajo de la grieta que daba al panal mayor. Así encerró a las abejas, que entonces se habían convertido en una masa ruidosa pero inofensiva. Sin embargo, casi inmediatamente después de haber construido la jaula, mi papá decidió hacer un experimento: quitó los mangos a dos cuchillos y los clavó en el plástico; en los otros extremos ató un cable que conectó al tomacorriente. Pasó una jeringa al través de la jaula, una jeringa llena de agua con sal para bañar a las abejas. Entonces esa masa café de insectos ruidosos empezó a electrocutarse. Caían sobre el piso de su jaula en bultos, fulminadas por la electricidad. Era un espectáculo al tiempo maravilloso y grotesco. Mi papá, que había estudiado física y química, había construido también una máquina de exterminio impecablemente eficaz.

Los días pasaban tranquilos, entre la escuela y los juegos de casa con mis hermanos. Mi papá se había impuesto la rutina de fulminar a las abejas de noche, sacar sus cuerpos rostizados en bolsas, y meter las bolsas al congelador (so pretexto de estudiar a las abejas en un futuro). Por algunas semanas compartimos como familia el espectáculo macabro de ver, primero, cómo mi papá, con su casco y su soplete, rostizaba a las abejas (ahumando de paso las paredes), y luego, con una máquina fácil de manejar, las electrocutaba en masa. La gente del barrio admiraba mucho a mi papá por su creatividad, y también por haber rescatado a Chester de una muerte segura en las fauces del pitbull de los marihuaneros.

Pero la naturaleza lleva millones de años empeñada en sobrevivir. Una fuerza antigua late en los animales, y más en los que viven en grandes números: es la voluntad de vivir. Las abejas, y esto lo decía mi papá, forman colmenas fuertes, organizadas, laboriosas. Para erradicarlas por completo sería necesario mucho más que el ingenio de un hombre sin trabajo, un hombre con tiempo de sobra para idear y ejecutar jaulas mortales. Fue un sábado, lo recuerdo bien, cuando me habían dejado solo en casa con mi hermanita menor. Pero yo había salido a la calle, y estaba jugando, cuando vi que de la ventana salían volando las abejas. Volaban rápido, con la furia del animal que se ha liberado de su jaula. Entonces entré a la casa y vi el enjambre; la jaula de icopor estaba en el piso y parte del techo se había venido abajo. Mi hermanita gritaba desde la ducha, horrorizada (estaba sola; tenía seis años). No recuerdo cómo crucé los corredores para sacar a mi hermanita, pero logramos salir, casi sin ser picados. Desde la casa de un vecino llamamos a mi mamá, que, hastiada, llamó a un grupo de fumigadores profesionales. Ellos se encargaron. Tardaron toda una tarde. Al salir, dijeron que nunca habían visto algo semejante. Nos mostraron un panal de catorce o quince paneles; mi papá lo bajó del techo para estudiarlo. Había algunas abejas moribundas en el piso, y una, un poco más grande y oscura, volando aún. La cogí con la mano pero no me hizo nada. Entonces mi mamá me dijo que no era una abeja, sino un zángano, un macho solitario, que no servía de mucho y que era inofensivo. Que era como mi papá.