jueves, 13 de abril de 2017

Diatriba contra el estúpido



El peor imbécil con quien uno puede toparse en una discusión es aquel que cree haber descubierto por sí mismo una verdad irrefutable. Normalmente lo habrá hecho aplicando lo que él llamaría sentido común a un asunto en extremo complejo que ha tenido en vilo durante siglos a las mentes más prodigiosas de la historia. Para sustentar su punto, este personaje suele servirse de anécdotas particulares que no tienen validez a gran escala estadística. A menudo desconoce la historia, o de esta ha acumulado solo datos superfluos como fechas, nombres y lugares. Ante todo argumento cuyo rigor supere la vacuidad de sus conocimientos, interpondrá una respuesta desdeñosa o burlona. No se ruboriza de haberse enterado por los medios menos confiables –como una noticia publicada en un periódico mediocre– de la existencia del problema en discusión. No admitirá que cada cuestión, por pequeña que sea, recorre varios ámbitos de la vida humana, y que es insensato tramitarlo todo reduciéndose a un solo campo.

Lo primero que debemos entender es que el personajillo no discute por aprender. Desde luego, una cantidad importante de personas inteligentes y serenas tampoco discuten para aprender: el móvil más común es la vanidad. Sin embargo, esta vanidad es a lo más repugnante o hiriente, pero nunca tan nociva como la empresa cuasi diabólica del estúpido, que hace daño a todo y a todos sin beneficio alguno. Por obvio que parezca, no sobra recalcar que no se trata de conocimientos sino de carácter, ya que algunos de estos sinvergüenzas son letrados y eruditos. (Los hay, como cierto bribón que aspiró hace poco a la alcaldía de Bogotá, aficionados al latín y a los empiristas ingleses). Eso sí, nunca serán cultos. La erudición es el acaparamiento de información inconexa que no deja vislumbrar un sentido o llegar a la comprensión, y es una empresa tan lamentablemente árida que no conduce al florecimiento de ideas nuevas. La cultura, en cambio, no tiene que ver con cantidades. Se trata, más bien, de hacer mucho con poco: de integrar orgánicamente aquello que a primera vista parecería lejano y sin vínculo. Si quisiéramos posar de latinistas como el petimetre libertario que –contra todo pronóstico– no pudo ser alcalde, diríamos, con Sir Francis Drake, sic parvis magna: de lo poco se obtienen grandes cosas.

Este mequetrefe puede ser fácilmente un ingeniero que menosprecia toda dimensión simbólica, psicológica o artística de las cuestiones prácticas, y que quiere que todas las explicaciones discurran en el lenguaje de su técnica. O puede ser su opuesto: un sociólogo barbiespeso para quien la ciencia es un discurso y todo es relativo a la cultura: no existen hechos –nos dice– sino interpretaciones. Es de la misma ralea el abogado que considera las cuestiones sobre lo justo y lo virtuoso como entelequias filosóficas, naderías que carecen de importancia cuando lo que se debe hacer es aplicar la letra escrita de las leyes. Merece mención aparte el fanático religioso que encuentra respuestas tautológicas a cada enigma, atribuyendo milagros y desastres por igual al insondable designio divino. Pero es más aberrante todavía el que atribuye bondades curativas a unas gotas de agua –esto son los remedios homeopáticos, agua cuyo componente pseudocurativo está tan diluido en ella como una meada en el vasto océano–, y que, no contento con haber sido estafado, defiende la estafa cual si se lucrara de ella. Si hay un premio a la estupidez, no olvidemos dárselo a estos genios que descuidan su salud desatendiendo los métodos probados por andar tomando gotas de agua azucarada.

Sin saber siquiera qué es una falacia, nuestro amigo (que también puede ser nuestro vecino, nuestro padre o, ay, nuestra pareja) irá por la vida siendo un compendio ambulante de todas las falacias y sesgos cognitivos imaginables. Apelará a la autoridad, que en su caso puede ser un timador o un charlatán. Si se le exige que respalde con información concreta su punto, se tornará relativista, pero será un cientificista dogmático cuando se le pida considerar la pluralidad de perspectivas; y si aún usted no ha perdido la razón ni ha implorado por una camisa de fuerza que le impida abalanzarse sobre el canalla, y con profunda calma observa que es un absurdo que defienda un dogmatismo relativista fundado en la autoridad, entonces encontrará que el badulaque también puede ser nihilista. Dirá que todo es incierto y ninguna verdad es conocible. ¡Ah! ¡Por fin lo acorralamos! ¿No? No, querido lector. No cante victoria. El obtuso todavía puede apelar a las emociones, convertir los argumentos más abstractos y desapasionados, más universales y filosóficos, en un ataque personal. Sí, usted lo ha ofendido. Lo ha indignado. Un instrumento muy de moda en su arsenal es la carta de la indignación, que no tardará en jugar. Con gusto, además, pues para este ablandahígos indignarse es muestra de estatura moral. ¡Y cómo le encanta sentirse bueno! Se regodea, se relame, se revuelca en el estiércol de su indignación.

Quizás usted haya tenido la ilusión de poder hacer entrar en razón a este personaje. Tal vez sea cuestión de invertir un par de horas en dialogar con sensatez y, como diría el filósofo, emprender una búsqueda sincera y humilde de la verdad. ¡Cuánta ingenuidad! Con este perdonavidas no hay razón que valga. Y si acaso guardaba la esperanza de divertirse un rato a costa suya, riéndose por dentro al preguntarse de dónde habrá salido ese pitecántropo, me temo que aquí también el humor conduce a una bocacalle. La situación es trágica y ofrece poco de comedia. Es imposible tolerar mucho rato a los de su clase porque todo cuanto dicen lastima la sensibilidad, sus voces inundan cualquier recinto como si se tratara de un gas venenoso. No habrá lugar para la risa, y sí para caras largas y agotadas, espíritus que mueren un poco a cada chiste de mal gusto, opinión impertinente y sandez de pacotilla. Y bien, ¿de dónde salen estos bellacos? La culpa, como siempre, es de los padres. Padres que celebraron sus idioteces y las tomaron por genialidades, padres sin mano firme, sin una voz honesta capaz de decir: ¡pero qué pedazo de imbécil eres, hijo mío! Parte de la culpa también es nuestra: dejamos que la imbecilidad engangrenara nuestro mundo al no ponerle un tatequieto al chiste burdo del colega oficinista, al prejuicio descarado de la abuela ignorante, al discurso ramplón del político de turno.

Si comete la imprudencia de darle cuerda, sepa de antemano que no podrá ganar el debate. El obtuso sabe instintivamente cómo no perder nunca, pues esto es todo lo que le interesa. La única motivación justificable para discutirle es el bien común. Acaso usted llegó a pensar «no está bien que deje a este racista, misógino o fascista, o simplemente a este imbécil ir por ahí campante haciendo estragos. Hay que corregirlo». Pero no se puede corregir lo incorregible. ¿Y qué le hace pensar que es su deber educar al ignorante, enderezar al estulto, humanizar a la bestia? Nada de eso. Sin embargo, si por bondad, aburrimiento o auténtico fastidio usted termina por concederle algo de razón al Juan Lamas –y este es el desenlace inevitable–, él se sentirá victorioso, y con su ego unos metros cúbicos más hinchado, reforzará sus ideas espurias y su manera de pensar amañada. El personaje vencerá de cualquier manera, por fas o por nefas, tanto si le discutimos con vehemencia como si le dejamos proferir sus payasadas. El escenario es una Catch 22 de pesadilla.

¿Qué hacer frente a este panorama tan macabro? He aquí la forma de realizar un corte quirúrgico al miembro gangrenoso de la estulticia: no vale la pena dedicar horas preciadas a la discusión estéril que dejará a la sabandija más erguida y orgullosa, y que a usted solo traerá debilitamientos de la salud y disgustos que aumentarán su misantropía y pesimismo. A menos que tenga la elocuencia (o vocación de mártir) de Wilde, Kraus o Hitchens, evite a este personaje como si se tratara de la peste. Y si es forzoso hablar con él, despáchelo cuanto antes con una fórmula como esta: «Señor, me parece que usted encarna todos los vicios del imperfecto intelecto humano y muestra los preocupantes síntomas de una estupidez muy vieja y anquilosada, quizá ya evidente en la niñez. Sería del todo imposible tener un debate racional, edificante, con un pigmeo mental como usted, y yo no tengo por qué darle la educación que no quiso o no pudo recibir. No se preocupe, pues los imbéciles son legión, de manera que no le faltarán acólitos o seguidores entusiastas de sus disparates y sandeces. Pero yo no tengo el tiempo ni la disposición para tratar con Vd. ni con sus semejantes. Dispénseme, se lo ruego, de cruzar palabra con usted el día de hoy, y así por todos los días que le quedan de vida, que, espero, no sean muchos. Con perdón, yo me retiro».

Un alma caritativa e ingenua preguntará: ¿para qué desgastarse? Hay dos razones. En primer lugar, se trata de un problema de salud pública: la estupidez vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella, y nuestro mundo ya está prácticamente en cuarentena: no le cabe un estúpido más. Para desgracia nuestra, los hemos elevado a posiciones de poder, desde el asno de Rajoy hasta el gusano de Trump. Desde sus sillas presidenciales estarán infectando al mundo entero mucho tiempo, y me temo que el daño es irreparable. Las generaciones futuras, si es que han de existir, tendrán material inagotable para burlarse a costa de nuestro tiempo, el tiempo del estúpido con poder. Por nuestra salud y la de este bonito esferoide cósmico llamado Tierra, debemos detenerlos. Ahora, la segunda razón es de carácter humanitario: «hacer enfadar a los cretinos incorregibles también tiene una finalidad ética», disparó Karl Kraus hace un siglo. Y es cierto. No basta con luchar contra el mal y la injusticia. La estupidez es el verdadero enemigo, el verdadero demonio que puede traer un apocalipsis. Salve usted el mundo, querido lector, que yo hace rato me entregué a la desesperanza.

6 comentarios:

  1. Enorme trabajo y se lee una opinión llena de fuerza y pesada de argumentos. Sigue escribiendo.

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